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Nov 15

WWF, la suspensión de la incredulidad

Por favor. Poneros en situación. Hace 25 años. 

La “Serie de los Sobrevivientes”, la semana anterior, había sido todo un desastre. Una derrota no merecida contra un nuevo oscuro e implacable luchador llegado a la WWF directamente desde el ultratumba. Y además, como si las cosas ya no estuvieran bastante difíciles para mi héroe, a medias del combate el maldito Ric Flair se puso a escondidillas a darle una silla en la cabeza, si, ese guaperas rubio con ropa un poco al limite de lo femenino para los ojos de un niño de poco más de 10 años. 

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Hay que reconocerlo. “El Enterrador” daba miedo. 

Nunca antes se había visto algo tan inhumano en el mundo de la lucha libre. He de reconocer que hasta yo mismo experimentaba mis duda. Aun así, por muy imposible que pareciera, Hulk Hogan estaba determinado a volver a conseguir “su” título, ese cinturón que le pertenecía, aunque eso pudiera costarle la vida. Y yo sentía la misma emoción que un fanático del futbol durante una final del mundial. 

Una serie de golpes, todo el sufrimiento que ese bigote era capaz de aguantar se reflejaba en su rostro deformado. Sin emabargo el demonio del Enterrador seguía sin expresar ninguna emoción, igual que un zombie sin sentimientos. Una auténtica maquina de destrucción. 

Y cuando todo parecía perdido, cuando dentro de mi ya sentía disolverse la esperanza de que el bien pudiera volver a triunfar contra el mal una vez más y el miedo por el inicio de una época oscura me daba escalofríos, entonces pasó, el milagro, Hulk Hogan retomaba vida gracias a las aclamaciones del público en la arena – y yo con ellos desde mi casa. 

Un golpe tras otro, y otro golpe y otro. Era humano, si, pero aunque “El Enterrador” flaqueaba nunca llegaba a caer al suelo. ¿Realmente iba a pasar? ¿Acaso era aquel “ser” un personaje indestructible? Entonces, en un acto desesperado, Hulk agarró la urna con las cenizas funerarias que el manager del “Enterrador” siempre llevaba a los combates y, con el arbitro distraído, se la arrojó a los ojos al increíble-hombre-muerto. Entonces pasó, lo impensable, 1-2-3. Victoria. 

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Y un niño más, desde su casa, se unió a todos aquellos luchaban en la arena por la verdad. ¡Nuestro héroe le había ganado al malo otra vez! ¿Quizás no de manera totalmente limpia? ¡Que coño! ¡Salvar el mundo, a veces, requiere acciones radicales! 

Por favor, levante la mano quien, de niño, en los años 80 y 90 no miraba encantado en la tele ese espectáculo de modernos gladiadores que en EEUU llaman wrestling y nosotros, llamábamos pressin catch. Estoy seguro que a todo aquel que lo haya vivido, no pudo sino experimentar emociones parecidas a las mías durante los combates de su luchador favorito. El último guerrero, los locos hemanos Satacamantecas, el Sargento Slaughter, Jake, “El Serpiente” (yo tengo el muñeco, tenía un muelle en el brazo que te permitía dar una leche descomunal!)…

 

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Claro, me diréis que en esa época no entendíamos todo era “falso”. Muy fácil, vosotros cómodos espectadores. Repantingados en un sofá. Os aseguro que os falta el valor para decirle a un auténtico luchador que lo que hace es falso. Porque os digo una cosa, se va enfadar. Mucho. Y con razón. Y el motivo no es diferente, por el cual hoy a fin y al cabo, en la madurez, siento por la lucha libre americana la misma emoción que tenía de pequeño. 

Un wrestler es un artista que realiza una obra de teatro que junta esfuerzo físico y capacidad de actuar. ¿Acaso le diríais a un actor que es “falso” lo que hace? 

Y sin embargo., acaso el luchador no sacrifica su mismo cuerpo, jugándose su salud, para llevar a cabo su papel y entretener a su público. ¿Acaso, no se merece los mismos aplausos que se reciben en un teatro? 

Ya sé lo que estáis pensando: el luchador actúa como deportista en una competición cuyo objeto es superar al adversario y si se sabe de antemano quien gana ¿qué interés puede tener la misma competición? 

Precisamente, este es el punto, amigos. 

Cuando tenía 10 años, no podía imaginar que Hulk Hogan y “El Enterrador” estuvieran de acuerdo antes de empezar la batalla y que, después de tanto golpe y tanto sufrimiento, solo para que al final el bueno del bigote rubio le ganara al zombie. 

Mis ojos veían los gestos de titanes y no cabía ninguna duda de que todo, hasta la ultima gota de sudor, era tan real como el bocadillo que me comía mientras merendaba delante de la tele. 

Luego, a finales de los 90 llegó el Internet. Y fue la confirmación de lo que, un poco más mayor, intentaba negarme a mi mismo: las páginas especializadas hablaban claramente, como algo muy normal y lógico, de combates “predeterminados”. Pero nunca “falsos”. Porque una cosa es decidir por adelantado el resultado de una contienda, otra es llevar a cabo un acto, cuyo esfuerzo y valor son totalmente verdaderos. 

Y fue entonces que se me presentó por primera vez la duda. ¿Y el público? ¿Como pueden los aficionados aceptar animar a uno de los contrincantes frente a otro sabiendo que fuerza, empeño y valor de los púgiles no son los aspectos que determinarán el resultado final del encuentro? Quizás sí, sobre todo, cuando la belleza del mismo no depara exactamente en quien gana o quien pierda, sobre todo, cuando de ello se encarga de antemano un booker, el “escritor” del espectáculo. 

Aún así, incluso después de descubrirlo, el espectáculo seguía emocionándome mientras la acción se desarrollaba. ¿Por qué? 

La respuesta la encontré en una definición: suspension of disbelief, la suspensión de la incredulidad. 

Imaginaros vuestra serie favorita. No importa que sepamos que se trata de ficción. Estamos dispuestos a confiar totalmente en lo que nos cuentan en cada capitulo que nadie necesita matizar si es más o menos plausible la realidad que nos brindan. Los protagonistas son tan verdaderos como lo somos nosotros mismos en ese momento y nos identificamos con ellos y vivimos y sufrimos con ellos. Como si fueran auténticos héroes. 

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En definitiva nos encanta que, mientras miramos, nos lleven a otro plano, donde la diferencia entre realidad y ficción, no existe. Es más, sobre todo, por eso es por lo que disfrutamos. 

Ahora, interpretarlo así, aplicar la misma formula al wrestling añadiéndole el elemento de la contienda deportiva. Dejar a un lado la desconfianza y permitir a los luchadores que cuenten la historia, su “poesía en movimiento”, aunque sea sólo por un momento. 

Os lo aseguro, de repente, todo tomará sentido. 

Y tal  vez volváis a ser aquellos niños de los 80 y los 90…

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Comments

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5 comentarios

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  1. Antiloo

    Pues efectivamente, descubrir que los combates lucha libre estaban “trucados” fue uno de los grandes desengaños de mi vida, solo comparable a que los reyes magos fueran los padres… ais… nostalgia del Último Guerrero!!!

    Buenísimo el Post!!!

    1. Gianluca

      Muchas gracias por la ayuda!

  2. AtA

    @thegianlucatv fantástica entrada, y fantástica colección de muñecos., en su día yo tenia a “El Serpiente” y a The Big Boss Man. Gracias por colaborar en @nosomosfrikis, esperamos que nos sigas deleitando con mas artículos como este.

    1. Gianluca

      Muchas gracias…si me dejais, a lo mejor podria acostumbrarme a ello… 🙂

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