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Nov 22

Viendo “Puro Vicio”

Esta noche estoy sólo. Salgo de trabajar y llego a casa y pienso que no quiero estar sólo. Llamo a un amigo pero no le apetece quedar. En el fondo creo, que yo tampoco quiero quedar, prefiero disfrutar la casa para mí. El tiempo ha cambiado, deben hacer -273º grados kelvin en la calle, a ver si encienden ya la calefacción. Decidido salir a correr por la carretera. Pasan un montón de camiones y cuando pasan, te sacude una bocanada contaminación espesa y aire todavía más frío. No importa, no creo que vaya a correr mucho. Alonso Quijano acaba de conocer a Sancho Panza. Cuando llego a casa, sigo estando solo. Busco por la bodega, escojo uno de sus vinos preferidos y lo pongo a enfriar. Dios que frío, la ducha apenas es un interludio entre salir de siberia y volver a siberia, no hay problema, la noche entera es para mí. Pongo una película, la quito inmediatamente. Pongo otra película y tan bien la vuelvo a quitar. No importa, tengo todo el ocio del mundo por delante. Demasiado ocio. Finalmente, la ganadora es “Puro Vicio”. Una copia excelente, 12 gb, 1080p y sonido DTS. Me había prometido verla con ella porque le flipa Joaquin Phoenix, ¡pero qué demonios! Voy a verla solo. Pasan los primeros minutos y no se puede decir otra cosa, tiene un arranque espectacular. Notas de gran director y argumento difuso. La presentación discurre entre un montón de colgados en California y Joaquin Phoenix, muy trastornado, sin parar de fumar marihuana y que realmente resulta muy gracioso en su actuación.

Puro Vicio

 

Hago un paron. Eso es demasiado poner los dientes largos al personal. Si voy a viajar a California a pleno pulmón psicodélico, no puedo hacerlo sólo ¿correcto? En verdad, casi te están obligando a participar. Busco en el armario la caja de la esencias. Tengo un magnífico doble cero. Dejo que el humo me envuelva y continúo viendo la peli.

Hollywood es de encasillar, eso está claro. Cuando un actor clava un cierto arquetipo, Hollywood le obliga a repetirlo una y otra vez, en cada nueva película, y como no deben pagar mal, los pobrecillos actores son incapaces de resistirse. Después de que Michael Douglas bordara “Wall Street” ya jamás pudo quitarse el sambenito de ejecutivo agresivo (aún después de haber empezado tonteando con la figura de los aventureros). Después de que Jack Nicholson bordara “Mejor Imposible” ya no pudo quitarse el papel de histriónico durante una buena temporada (y qué decir de tantos otros, Karl Malden, James Mason, etc, etc.) La verdad, ser director de Casting en Hollywood a veces parece una profesión bastante tontorrona.

A Joaquin Phoenix le tocan papeles de perturbado. Parece que ya está cinematográficamente aceptado, que el pequeño de los Phonenix se haya convertido en el nuevo Anthony Perkins (igual que siempre se dice que Tom Hanks es el moderno James Stewart). Ahora que lo pienso, mira que tiene que ser jodido que te toque hacer siempre de papeles de tarado y ahora mismo lo digo por Anthony Perkins, pobrecillo, siempre metido así en papeles como de obseso sexual. Y encima, tener que hacer todas las psicosis, “Con el llegó el escándalo”,…  si incluso en “Asesinato en el Orient Express”, ya mayorcísimo, tiene que interpretar a un cincuenton afeminado dominado por su madre. Desde luego, estos de Hollywood no tienen misericordia. Mirad como acabó Bela Lugosi después de Drácula, o Leonard Nimoy después de casi 50 años de Spock. (Hay que decir que el bueno de Leonard llevó bastante mejor su personaje – como David Carradine en Kung Fu- que por ejemplo, Sean Connery que acabó odiando a Bond con todas sus fuerzas).

 

Puro Vicio

Pobre Anthony. Es realmente injusto. Que los actores estén obligados a reinterpretar una y otra vez al mismo personaje y que encima, todo el mundo lo considere un demérito, cuando probablemente sea el sumun de toda una carrera de interpretación depués de crear el arquetipo perfecto. Quizás los escritores, escriben una y otra vez su misma novela de éxito bajo diferente forma, o los pintores, pintan y repintan su misma obra, un Pollock, otro Pollock, otro Pollock, un Miró, otro Miró, otro Miró, cada cuadro un matiz, cada cuadro una genialidad, pero agriamente el mismo cuadro… por lo menos ellos no tienen por qué colgarlo en las paredes de su casa y revivir una y otra vez el fruto de su genialidad. (Por el contrario, si hay un género artístico, en el que el autor está condenado a enfrentarse con su obra indefinidamente, hasta aborrecerla, esos son los músicos. Lo artistas pop, las estrellas de rock, los nuevos ídolos, autobligados a realizar giras interminables en las que indefectiblemente el público simplemente espera, que vuelvan a tocarles su canción. El resto, no importa. Mil doscientas interpretaciones del “Don’t Worry Be Happy” . La canción adquiere vida propia, el cantante queda reducido al olvido. Pero el arte está ahí, es innegable. La humanidad por siempre tareará esa canción, igual que nosotros tarareamos Mozart sin importarnos ni quién era ni su época.)  

 Ya me está dando hambre tanto ver y tanto viajar. Algo habrá que comer. Incluso cuando uno está sólo tiene que seguir respetando las costumbres. Incluso cuando ella no viene. Por suerte el vino ya está lo suficientemente frío. Sirvo una larga copa de cristal. Un estupendo color violeta, tonos a fruta y a juventud. Exquisito. Definitivamente voy a cocinar algo rápido para cenar. Esta noche lo tenía todo preparado para que así fuera, así que la nevera está repleta, hay carne, pescado, incluso algo de marisco. Tengo unos berberechos bien frescos. Hago unos pocos al vapor, los aderezo sólo con un chorrito de lima. Hiperjugosos, intenso sabor a mar, el toque ácido de la lima reviviéndolo todo. Cocino el resto volcándolos por turnos en la vaporera para poder prestarles toda la atención que se merece cada uno de ellos. Apenas se abren, los aparto inmediatamente para que se sobrecocinen. Los retiro de la concha y los guardo en un abolsa de plástico, preparo un bol con hielo y agua helada, y los dejo enfriando. Pico abundante cilantro y hierbabuena, algo de chalota y un par de chiles tailandeses, saco los berberechos del baño frio y lo mezclo todo, finalmente lo aderezo con su poco de salsa de pescado, su poco de salsa de soja, abundante lima, azúcar y algo de sal. Lo pruebo, el profundo sabor a mar de los berberechos, la frescura de los aromáticos, la nota de picante aparece al final envolviéndolo todo, casi parece que vuelvo a recorrer las calles de Bangkok. Lo sirvo en un cuenco y vuelvo al salón a continuar con Puro vicio

La película empieza a hilar. Después de 40 minutos alocados, ya está claro que Joaquin Phoenix protagoniza a un detective privado casi tan absurdo y psicodélico como el caso que tiene que resolver. Poco a poco, siguiendo los cánones del cine negro, surgen varias historias paralelas que aunque parecen no estar relacionadas, transmiten la sensación de que en algún momento vayan a converger en un punto en común.

No soy un gran conocedor de la novela policiaca, con el cine es más sencillo. Parece más o menos socialmente admitido, que Edgar Allan Poe, con su personaje de Dupin y sus cuentos cortos como la Carta,  Asesinato en la Rue Morgue o el Escarabajo del Oro, inventó el género policiaco. Ahí ya está todo, o casi todo. Todos los que vinieron después, los Hercules Poirot, los Sherlock Holmes (cuya una de sus grandes aportaciones no dejo de insistir es la de incorporar al gran público al primer supervillano, Moriarty), incluso los muy posteriores, como Colombo o porque no incluirlo, el mismísimo House, viven de las influencias del nuevo método narrativo inventado por Poe. Cuentos de deducción y psicología.

Por otro lado, también está bastante aceptado por la crítica, que con la aparición de la gran novela “negra” norteamericana, Dashiell Hammet y Raymond Chandler, el género incorpora nuevos twists. Desde un punto social, las historias cambian a sus protagonistas y sus delincuentes y todo se vuelve más sucio, más barriobajero, más nihilista, más real, ya no importa tanto resolver los casos como la realidad una sociedad post-crack del 29.

Puro Vicio

Eso puede ser. No me veo muy capaz de juzgar el nivel de realismo con el que se describe una sociedad de los años 30 en EEUU. Detectives, mujeres en apuros, mafia, policías corruptos, sórdidos empresarios,… casi toda la iconografía moderna proviene de estas fechas.  Desde mi punto de vista, la novela negra americana aporta un recurso estilístico adicional que ya forma parte del canon en nuestros días: las historias y casos cruzados. Parece una regla no escrita, pero en un buen film “noir”, todas las tramas deben de converger en algún punto y todos los personajes deben de realizar una función en la trama general.  (Por supuesto, faltan más cosas, policías corruptos, drogas, altas dosis de sexo. No quiero continuar sin matizar, que es imposible que este tipo de historias hubiesen funcionado, si Hammet y Chandler, no hubieran cargado los personajes con ingentes dosis de socarronería y sarcasmo.)

La película de Paul Thomas Anderson, sigue todos esos esquemas. Sin embargo, hay un momento en que se desvía y la sensación de vacío empieza a invadirte, el sentido parece que nunca vaya llegar y resulta desesperadamente irritante. Además, supongo que el ritmo lento que la acompaña no colabora bastante poco. Aunque las historias se crucen y la trama parece avanzar, las conexiones se vuelven absurdas, no puedo evitar pensar, que en cualquier momento va aparecer Tristero en la historia.

Y es que Puro Vicio, parece calcada a la novela de Thomas Pynchon, “La Subasta del Lote 49”. Una historia también ubicada en California con una protagonista que intenta descifrar un herencia llevando a cabo un recorrido loquísimo por toda la costa oeste, que le llevará a investigar una Compañía de Correos secreta cuya historia se pierde en la memoria de los tiempos hasta la Europa medieval y cuyos usuarios parecen intentan reivindicar que este servicio postal es la única forma de mantenerse a salvo de la vigilancia gobierno de EEUU. Por supuesto, finalmente, nada se soluciona.

El parecido es asombroso.

Puro Vicio

 

Personajes loquísimos. Por ejemplo, en Puro Vicio, un policía estilo tipo duro magníficamente interpretado por John Broslin (el Goonie mayor) que al final termina por ser un desquiciado, en La Subasta del Lote 49 tiene su réplica en otro personaje a priori respetable, el psiquiatra de la protagonista, es en realidad un trastornado obsesivo-compulsivo descerebrado por el LSD que termina por atrincherarse en la consulta con par de escopetas liándose a tiros contra la policía los Angeles.

Porque esas es otra de las semejanzas sorpresiva.

Aparte de las locuras de una sociedad trastornada y del uso constante de las drogas, todo el rato aparece contenido erótico de alto voltaje basado en el puro y duro sexo bizarro. Chicas semidesnudas de cuerpos voluptuosos encerrados en trajes de baño de diseño y peinados setenteros.

Llegados a este punto, hay tanto deambular de chicas preciosas por aquí y por allá, que ya no se puede seguir concentrado en la película y mi mente se abstrae inundado por la intriga. Todas son mujeres hermosas, de eso no hay duda, aunque estén caracterizadas como mujeres de los 70, sus cuerpos asombrosos son puro 2025, de otra forma, si fueran realmente cuerpos antiguos, resultarían bastante menos llamativas. Por lo menos para mi. A lo largo de la historia del cine (y del arte), el cuerpo femenino constituye un misterio fascinante. Por un lado, serán todo lo increíblemente guapas que fueran las antiguas estrellas de cine, pero resulta casi imposible pensar de manera sexual en cualquiera de aquellas divas, (a la mente me vienen boniatos como Ingrid Bergman) y ya no pensemos en las pinturas antiguas, en ¿qué momento pensaría Botticelli que aquello podía tener gracia? Pero ya sabemos que la vida es más del cristal como se mire en el momento que de vivir en el presente rabioso. Así que, cansado un poco de tanto no ir a ningún lado ni sentido que se le encuentre a la película ( puñetero postmodernismo policiaco), decido hacer otro paron y dedicarme a revisar qué y cuánto tiene que ofrecerme la red sobre aquella época gloriosa cuando el porno estaba recién dado a luz, porno por fin libre de soft-porno, reinventado y sin ataduras.

Vuelo a los 70.

Como no podía ser de otra forma, después de un rato descubro que no podía estar más equivocado. Por supuesto que todas las chicas son bellas independientemente de la época y al final, todos los afanes sexuales suelen acabar teniendo su sentido (exceptuando su Botticelli y sus gracias, que no hay quien demonios las coja – dicho en argentino literal-). Y es que basta con dejarse llevar sin prestar mucho atención ante aquellas maravillas setenteras, para que resulte imposible no terminar sucumbiendo a su estética de tetonas cabalgando desaforadamente con sus enormes senos sin operar, bamboleándose, y a que no exista la calvicie ahí abajo, y a la garganta profunda (dejar de leer y pinchar este link imprescindible) y bueno, no me culpéis si esta noche estoy solo, espero un poco más, y me dejo llevar por la excitación.  

Puro Vicio

Desde luego a ese paso no voy a acabar de ver la película en la vida. Pero lo noto. Vuelvo a tener hambre. Dudo un poco, y aunque había decido esperar un poco más y terminar definitivamente la película, al final no consigo resistirme y definitivamente dejo de verla para cenar otra vez. Vuelvo a la nevera, está absolutamente repleta de cosas para hacer lo que me dé la real gana. Ahora quiero cenar, cenar realmente, asi que tengo un poco de pollo y decido prepararlo como hacen en  los restaurantes chinos, muy picante, es rápido, es sencillo y es delicioso. Cortas el pollo en dados y lo marinas en maicena, azucar, sal, vino Shaoxing, soja y pimienta (nada de esperar mucho tiempo, sencillamente deja reposar el pollo lo que tardes en preparar el resto de ingredientes). Corta apio, pimientos, pelas unos cacahuetes y saltéalo todo en wok a fuego vivo. La idea es conseguir tostar las verduras sin que se queden demasiado blandas, un minuto o dos, no más. Entonces llega el turno de los aromáticos, ajo, jengibre y la parte verde de una cebolleta, la santísima trinidad de de la comida china, todo muy finamente picado. Haces un hueco en un lado del wok y le das unas cuantas vueltas que le quiten el sabor crudo. Y por fin llega el momento supremo de añadir un buen puñado de chiles secos. (Hacerme caso, sin chiles no hay pollo chino decente.´) Ya solo queda salsear, una mezcla de soja vinagre, azúcar, sal y un poco más de maizena, harán el resto. Fuego fuerte, hasta conseguir la consistencia deseada, ni muy espeso, ni muy líquido y voilá, ya está listo. Auténtico, pollo chino de los que te ponen para llevar.  Lo tiene todo, está jugoso, exquisitamente picante y completamente cargado de sabores orientales.

Vuelvo con mi pollo chino al salón, ya decidido a acabar de una vez por todas con la película. He de reconocer que ha tenido momentos realmente hilarantes, pero el misterio que no avanza parece convertirse irremediablemente en la película que siempre recordaré a medias. Si se quiere jugar a la metafísica en las películas, es imprescindible disponer de una estética poderosa y de un ritmo que hipnoticen. Apocalipsis Now es buen ejemplo. El ritmo es lento pero acompaña perfectamente a la ensoñación. Al final, el espectador se pasa casi tres hora esperando la aparición de Kurtz, porque Kurtz es la respuesta y cuando finalmente aparece, no hay, nada, simplemente el vacío impactante de un gigante loco irguiéndose como una gran metáfora. Con “Puro Vicio” no ocurre eso, la película se deshace al final y ni siquiera hay un resquicio de conexion para que pueda aferrarse la memoria, quizás en un libro, que suele invitar más a este tipo de reflexiones hubiera tenido más éxito el argumento.

Puro Vicio

Me ocurre lo mismo con casi todas las películas de Paul Thomas Anderson, se me olvidan, o no tengo necesidad de volverlas a ver. Excepto, la gran Boogie Nights, desde luego. Boogie Nights tiene una factura impecable que podía haber sido filmada por cualquiera de los grandes de los 70, particularmente el inconfundible Scorserse o el mismísimo Coppola. Ya el resto de su obra,… reconozco que no está hecha para mí; no discuto que hay trozos de Magnolia memorables (por ejemplo la interpretación de Tom Cruise es indiscutible), pero me temo que el gran análisis sobre la capacidad de perdonar no llega a inspirarme grandes reflexiones y que por otro lado, el fenómeno de la casualidad insólita es un terreno bastante trillado. No le niego ambición. Probablemente vuelva conseguir dar otra vez con la tecla de la gran ópera-historia. Con “Pozos de Ambición” no lo consiguió desde luego, y “The Master” no sé en qué demonios estaba pensando para perder el tiempo con esos personajes. Supongo que para los Estados Unidos sera un asunto muy candente, o quizás sea un tema más del micromundo Hollywood, enseñar al gran público la desfachatez de la Cienciología pueda que sea considerado incluso denuncia social, sin embargo creo que resulta difícil que la idea cale en Europa, cuando estaba ya clara hace bastante tiempo que son un atajo de farsantes. En “Puro Vicio” a veces también tengo la sensación de que quiere aprovechar el problema de la existencia como excusa para aproximarse a la estética de ese descubrimiento genial que fue “Miedo y asco en las vegas” (sin duda, una obra más pura). La película está muy bien trabajada, eso nadie lo niega. Pero sin embargo, pervive la sensación de en cualquier momento va a aparecer Johnny Depp contoneando las caderas como un Rolling Stone (me encanta). Eso teniendo en que cuenta que a Jonnhy Depp le falta el puntito de tarado sexual que si tiene Joaquin Phoenix. De todas maneras, no quiero que esto suene demasiado crítica porque no es para nada mi intención. Se le puede decir muchas cosas a Paul Thomas Anderson, pero desde luego, no se le puede reprochar que cada uno de sus proyectos rebosa de verdadera intención por el cine de calidad. No me extrañaría que cualquier año de estos vuelva dar un nuevo pelotazo y nos haga disfrutar de nuevo con otro gran hallazgo.

Eso solo debería bastar.

Creo que voy a empezar a escribirlo así. Optimista. Me encierro en la terraza, ahora es el último refugio para fumar, apago las luces y me siento frente al ordenador. Enciendo un cigarrillo y trato de disfrutar el momento de volver a recordarlo todo. Es todo lo que se tiene esta noche; la capacidad de olvidar. O al menos eso creo pensar, porque instantes después suenan los golpes y siento el miedo instintivo por los intrusos imposibles. Golpes claros y directos igual que un ninja acabase de encender las luces del pasillo. Sin embargo, nadie aparece. Sencillamente el silencio y la duda entre salir de mi escondrijo y ser yo mismo el que lo averigüe. Supongo que debería esperar hasta estar seguro de lo que pasa, pero me adelanto yo mismo a mi pensamiento, porque ya estoy en la puerta dispuesto a salir ahí y fuera, cuando súbitamente aparece, primero se acerca taconeando y luego, la sombra de una figura recortada en el cristal llama vigorosamente a la puerta. Casi me caigo de espaldas. Al instante, una voz familiar que me tranquiliza y la puerta se abre con una inmensa sonrisa. Estúpido de mí, cómo podía estar tan confundido, es ella!!! Ha vuelto por fin, esta noche. El resto se puede ir al carajo.

 

PD. y FIN: resulta que al final la película está basada en una novela de Thomas Pynchon… estaba claro.

 

Comments

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2 comentarios

  1. E.T

    Fantastico!!!!original crítica-gourmet-narrativa…lo tiene todo!se me despertó el hambre,la curiosidad, el morbo y hasta la inspiración…

    1. Antiloo

      Me alegra que te hay gustado!!!! 😉 lo mejor la inspiración!!!

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