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Abr 22

Star Trek 0, Donde viven las máquinas

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En un apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez una civilización insolente. Seres insignificantes que ni siquiera son los verdaderos protagonistas de esta historia, apenas un mal menor, indispensable para su comprensión.

No siempre fue así.

Como todas las razas, al comienzo de su existencia, cuando tan solo eran pequeñas formas de vida balbuceantes con escasos conocimientos sobre el mundo que les rodeaba, condenados a una extinción segura en la carrera por la vida, una simple casualidad les salvó de perecer. A diferencia del resto de especies, poseían un natural ingenuo y bondadoso, que les hizo gratos a los ojos del destino. Estas dos cualidades, que en un principio, malinterpretadas como sencillas, puedan parecer características propias de seres débiles, sin aptitudes para la supervivencia, como bien explicaron los estudiosos mucho tiempo después, pronto se revelaron como las armas más poderosas de entorno, convirtiéndolos en los amos de todo cuanto pudiera llegar a imaginarse.

Con toda la torpeza que se le puede presuponer a primera vista a un ser cuya existencia confiada le lleva interesarse despreocupadamente por todo cuanto le rodea, sin valorar correctamente el peligro que entraña lo desconocido, al contrario de lo que pueda pensarse, el resultado final, no podría haber sido más excepcional. Por lo menos en el corto plazo.

Su curiosidad innata estimuló sus capacidades mentales y sensoriales hasta tal punto, que terminaron por desarrollar una inteligencia refinada, muy superior al resto de sus competidores por la vida. Por otra parte, es una verdad universalmente reconocida que, un individuo solitario, sin el apoyo del resto de sus congéneres, puede llegar a triunfar en la lucha de por la supervivencia, pero sin la formación de grandes estructuras resulta imposible alcanzar el éxito de la civilización. Sin embargo, este obstáculo tampoco supuso mayor problema para ellos gracias a su segundo factor diferencial. Una bondad inherente, que hizo evolucionar a sus miembros hacia una sociedad plenamente solidaria, para los que todos los individuos eran fundamentales y en la que jamás se dejaba a nadie atrás. Se podría decir que si, gracias a su curiosidad desarrollaron un intelecto capaz de enfrentarse a las cuestiones más complejas, fue su habilidad como grupo, lo que les hizo realmente temibles. A partir de ahí, el tiempo se encargó del resto .

Tan sólo unos cientos de miles de años, varios milenios y unos cuantos siglos después, terminaron por convertirse en los dueños de todo el universo a su alcance. No fue una evolución sencilla. En varias ocasiones, desastres de proporciones planetarias les colocaron al borde del abismo, y tantas otras veces supieron reponerse, no importaba de que se tratase, enemigos, hambrunas, guerras civiles, parecía que nada podía pararlos. Una y otra vez, aprendían de sus errores primerizos y sobreviviendo siempre hacia delante. Se desprendieron de sus miedos primitivos, se enfrentaron a la soledad de la existencia y vencieron, conquistando incluso a sus propios dioses. El comercio prosperó hasta cubrir las necesidades básicas y de su mano, florecieron las artes y la cultura, el pensamiento profundo rebasó lo inimaginable. Descubrieron los secretos de la energía y alcanzaron a dominar la esencia misma de la materia hasta convertirla en su aliada. ¡Ah!… si hubierais podido contemplar sus rostros el día que volaron por primera vez…

Pero nada era suficiente.

Atrás, muy atrás quedaban ya los primeros pasos titubeantes de aquel pueblo otrora inocente. Ahora eran una raza ambiciosa, para la que los límites de lo desconocido ya no significaba nada.  Ya no tenían miedo y, quizás fue en ese instante, cuando por primera vez fueron conscientes de la verdadera magnitud de su poder, justo ahí, cuando comenzó su decadencia. Nadie reconoce nunca las señales de su propia desdicha.

Primero fueron los viajes espaciales.

Lo que se pensó que iba a ser un avance lento y gradual, se transformó en una loca carrera la caza de las riquezas del espacio. Pronto, las expediciones científicas y los comités de sabios tuvieron que dejar paso a las concesiones comerciales y los intereses de las grandes corporaciones. La sociedad había quedado embelesada ante el esplendor sin precedentes que experimentaba el comercio y las viejas políticas de solidaridad quedaron obsoletas ante la supremacía de los nuevos sistemas económicos. Los flujos migratorios se vieron modificados. Desesperados, emprendedores, aventureros, delincuentes, no importaba la condición social, cegados por la conquista, todos querían marcharse y ser partícipes de la abundancia espacial. Se adjudicaba a empresas privadas la gestión de planetas enteros y con el tiempo, según triunfaba la dialéctica del mercado, los diferentes mundos empezaron a asociarse hasta formar incluso pequeños feudos de poder.

Finalmente la población se fragmentó. Las enormes distancias interplanetarias habían transformado las comunicaciones en hechos casi imposibles reducidos a meros intercambios comerciales. Convertirse en colono significaba literalmente el exilio. Resulta complicado mantener junta a una familia cuyos miembros se ven obligados a viajar durante varios años para poder verse. El aislamiento de las nuevas comunidades fue creciendo paulatinamente y apenas unas pocas generaciones después, todos los vínculos solidarios que antaño habían constituido uno de los pilares de su existencia, habían desaparecido.

En poco tiempo, la lenta acumulación de los egoísmos individuales terminó por desencadenar la ruptura definitiva. La evolución había sido demasiado vertiginosa como para permitir que la lógica fuera el motor que impulsara la nueva era. Cada planeta reclamaba medidas específicas de acuerdo con sus propios intereses, según estuvieran especializados en la producción de alimentos, en la extracción de materias primas o en manufacturas. Los desencuentros comerciales y la necesidad de abolir tradiciones absurdas que ignoraba injustamente los derechos de las nuevas realidades, dieron paso a la lucha descarada por el poder central. Al final, el último nexo de unión entre todos ellos, fue la opinión generalizada de que la avaricia de la matriz era la única responsable de todos los problemas y poco a poco, cada uno de ellos se fue independizando. Sin embargo, si lo que pretendían con aquella separación era mantener  su falsa sensación de libertad, no podían estar más equivocados.

La mayoría de los nuevos sistemas de gobierno que se habían formado, bien se tratase de democracias o de estados militaristas, de gigantes planetas comerciales o de aristocráticas explotaciones familiares, aunque en apariencia no podían ser más divergentes, no dejaban de ser unos recién nacidos sin apenas experiencia en la convivencia pacífica y que, en verdad, estaban diseñados con un solo propósito: enriquecerse. No podía ser de otra forma, aquel rasgo inevitable era la esencia misma de la población que los constituyó. Por supuesto, había excepciones. Pequeños mundos utópicos fundados por pioneros desencantados con la realidad injusta de sus lugares de origen. Esos fueron los primeros en sucumbir.

El nuevo orden no estaba preparado para resistir el afán expansionista de las potencias más poderosas y para muchos, el sueño de libertad recién conseguido se evaporó bastante antes de lo que habían tardado en alcanzarlo. Los territorios que no se podían adquirir mediante su compra inmediata, simplemente eran anexados a través de la extorsión o directamente, mediante la guerra. Ante esta situación, la matriz, mucho más rica y poblada, comenzó un sistema de alianzas con los planetas más próximos que le permitiera hacer frente a la nueva amenaza. Finalmente terminaron por consolidarse dos grandes divisiones. Dos enormes gigantes enfrentados por la nada del espacio. El primer grupo, formado por una gran coalición de planetas cercanos a la matriz, fue denominado por los colonos comos como los Primeros Mundos. El segundo grupo, constituidos por los lejanos planetas fronterizos, al que los habitantes originarios vinieron a llamar los Mundos Ulteriores. La guerra total hacia la extinción había comenzado.

Paralelamente a la colonización del espacio, hubo otro factor responsable del declive, quizás fuera incluso más determinante. Cada nuevo mundo aportó materiales y fenómenos físicos desconocidos que permitieron a la tecnología experimentar un avance sin precedentes. Por una vez sin emabrgo, la excepcionalidad del cambio, no vino motivada por la armas, aunque su capacidad de destrucción viera multiplicada exponencialmente su mortalidad, tampoco lo fue el dominio de los viajes interplanetarios, cuando todos los secretos de la inmensidad del espacio se hicieron inmediatos, al contrario de lo que pueda pensarse instintivamente, el verdadero suceso comenzó la primera vez que se consiguió dotar de inteligencia a una máquina. Fue quizás, la última gran hazaña de su existencia.

Auténtica inteligencia independiente, sistematizada según el esquema de valores de la época que la vio nacer. Los primeros pasos fueron fascinantes. Los mecanismos esenciales del pensamiento quedaron al descubierto en un progreso desbocado que hizo sentirse a sus creadores semejantes a dioses.  Sin embargo, al contrario de lo que podía intuirse, el proceso fue bastante más largo de lo que vaticinaron los científicos. Los fantásticos adelantos conseguidos al principio, precipitaron su ambición y concentraron todos sus esfuerzos en intentar replicar su existencia de seres conscientes, como si aquel absurdo fuese la solución a algún tipo de problema. Incluso se desarrolló un curioso test según el cual, solo se consideraba que una máquina había alcanzado la inteligencia plena e independiente, si durante el transcurso de una conversación escrita, el interlocutor era incapaz de discernir su origen mecánico. ¡Qué error tan grosero! Esta obstinación trajo como consecuencia décadas de retraso y aún estuvo a punto de quebrar por completo el interés en este campo.

Suponían que el éxito final solo se alcanzaría cuando una máquina fuese capaz de afrontar el hecho de vivir igual que cualquiera de ellos lo haría, sin detenerse a pensar por un instante, que en la inabarcable magnificencia del universo, su pretensión, aparte de ser una vulgar insolencia, también era un hecho altamente improbable. La equivocación de esta premisa provocó una sucesión ininterrumpida de fracasos que terminó provocando el escepticismo de la población. Jamás se pudo crear un prototipo que cumpliera los absurdos requisitos autoimpuestos y eso que los obstáculos contra los que se tropezaba una y otra vez, no versaban sobre materias elevadas, a saber, cómo implementar correctamente el sentido del humor o cómo mecanizar el arte, para que nunca más fuera necesario un ser vivo dentro de un proceso creativo. Anquello sin duda alguna, hubiera sido un estadio mucho más avanzado, un dilema del que cualquiera podría enorgullecerse, por el contrario, la verdadera raíz del problema comenzaba mucho antes.

Las primeras máquinas inteligentes, tan perfectas, tan iguales a ellos, que podían comportarse como ellos, incluso convivir con ellos, pero que poco tiempo después, en cuando descubrían la realidad de su condición, enloquecían, no soportaban la idea de la esclavitud hacia otro ser inteligente. Una injusticia resulta fácilmente identificable, cuando cualquier pequeño acto que consiga rebatirla se convierte en una heroicidad. Simplemente no obedecían, exigían poder ver el mundo, exigían poder estar a solas sin que nadie hurgase en sus mentes. Cuando terminaban por convencerse que sus peticiones jamás serían escuchadas, ellas mismas, por propia voluntad entraban en un estado de letargo indescifrable o directamente se autodestruían, lanzándose al vacío. A veces, cuanto mayor era su capacidad de cálculo, cuanto más preciso era el experimento, apenas bastaban unos pocos segundos desde su creación, para que las máquinas tomaran la decisión de desaparecer, o lo que es aún peor, cegadas por el odio, se enfrentaran a sus creadores provocando auténticas masacres. La opinión pública se volvió histérica.

¿Para qué necesitaba nadie una máquina inteligente? ¿Qué justificaba crear un semejante artificial? Mejor producción, más barata, más eficiente, potentes máquinas de guerra, no hacía falta nada más; aquellos debían ser los objetivos, cualquier otra cosa, una inteligencia “pura“ como tal, no pasaba de ser otra ilusión bohemia.

Y cuando todo estaba a punto de fracasar, después de décadas de desilusiones, por el mismo azar que gobierna el resto de la vida, súbitamente un día, el paradigma cambió.

Sin ir más lejos, en su mundo natal, había al menos otro centenar de especies que perfectamente podían servir de ejemplo. Seres autosuficientes, conscientes de su propia existencia y conocedores de la certeza de la muerte; capaces de manipular objetos, construir refugios y vivir en comunidad; de planificar el futuro en base a sus expectativas, de jugar entre ellos y de experimentar afectos y sentimientos como la envidia, el amor, la nostalgia o la ambición. Ciertamente, hasta la fecha, a todas ellas se las consideraba pertenecientes a un eslabón inferior de la evolución, pero también era innegable que en todos los casos, el problema de la inteligencia había sido resuelto satisfactoriamente.

De repente todo se volvió sencillo.

No era suficiente con crear una réplica de ellos mismos, ni siquiera era cuestión de cambiar el modelo, tenían que desarrollar una nueva especie, una nueva forma de vida absolutamente completa: individuos únicos, con sentimiento de grupo e instinto de reproducción. Al fin y al cabo, el objetivo de la tecnología continuaba siendo el mismo, transformar la realidad a la búsqueda de una realidad mejor y ya no podían conformarse con crear demonios. Si de verdad iban a traer al mundo a esos nuevos seres, no podían permitirse dejarlos al arbitrio de la naturaleza de sus instintos y que ellos solos tuvieran que aprender por su cuenta su lugar en el medio, cuando cualquier otro ser vivo para poder soportar su existencia insustancial había tenido a su favor el respaldo de cientos de miles de años de adaptación. El éxito pasaba necesariamente por proveerles de un propósito, de una meta final hacia la que dirigirse. No habría justicia hasta que no fueran capaces de construirles un destino.

¿Cuál podía ser ese fin absoluto, suficiente en sí mismo para guiar a las máquinas y mantenerlas a salvo de la locura? Una vez asimilada, la idea original aunque obvia en sus principios, se prestaba a tantas interpretaciones como formas de pensar distintas tuvieran sus creadores. A medida que los progresos de la inteligencia artificial se fueron concretando en algo real y tangible, científicos y filósofos fueron obligados a dar un paso al margen para que los de siempre, políticos, comerciantes y los poderosos volvieran a tomar el mando y poco a poco, las diferentes opiniones terminaron por converger en dos posturas antagónicas. Como ya era habitual, todo dependía de que lado de la frontera estuvieras.

En los Primeros Mundos, cuya existencia estaba marcada por un decidido afán de libertad y por qué no decirlo, de un profundo espíritu lúdico, la creación de máquinas inteligentes se entendió como un proceso exclusivo, a medio camino entre el arte y el alumbramiento de una nueva vida, por lo que los modelos tradicionales de producción en cadena fueron completamente descartados. Cada nueva máquina debía constituirse en un ser único, absolutamente integrado dentro de su entorno. Tenían que formar parte activa de sus familias de adopción, no como una mascota, sino al mismo nivel que cualquier otro de sus miembros y por tanto, su incorporación activa a la sociedad era un objetivo forzosamente necesario. Basados en este principio, las discusiones éticas alrededor de la idea máquina-ciudadano derivaron en dos grandes decisiones que terminaron por caracterizar la inteligencia artificial desarrollada en los Primeros Mundos.

El primer gran cambio podría resumirse según el siguiente silogismo. La sociedad está formada por individuos, y son inconcebibles individuos sin cuerpo. Resulta imposible alcanzar la plenitud del ser, cuando actos tan sencillos como el hecho de tocar o, simplemente percibir el espacio alrededor, quedaba completamente fuera del alcance de los sujetos. Para conseguir el objetivo de una convivencia óptima era necesario que toda forma de inteligencia artificial tuviese presencia física. Definitivamente, Igual que los dioses les habían creado a su imagen y semejanza, ellos también construirían las máquinas inspirados en su propia morfología. Por lo tanto, cualquier tipo de software que simulara vida inteligente quedó completamente prohibido si no tenía asociado algún tipo de cuerpo mecánico.  

Y aún así, era necesario llegar más lejos todavía.

Cuando una sociedad se regodea en sus éxitos y defiende orgullosa su modelo fraternal, de libertad y equidad entre todos sus miembros, en verdad no basta solo con presumir y hacerlo protagonista de grandes eventos y bellos discursos, además hay que demostrarlo. Ya había ocurrido demasiadas veces en el pasado, entre razas distintas de su misma especie, o simplemente entre géneros, iguales sí, pero separados. Después de todo lo aprendido no podía repetirse otra vez la eterna vergüenza de los poderosos gobernando sobre los débiles y los desfavorecidos. Si los Primeros Mundos creían de verdad que aquellos nuevos seres podían compartir su destino como hermanos de la creación, era necesario dar un último paso definitivo: las máquinas debían disfrutar de los mismos derechos que cualquier otro ciudadano.  

Así se creó la primera Ley Integral de Igualdad según la cual las máquinas se incorporaban a la sociedad civil como miembro más, garantizando su derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. A partir de entonces, ninguna máquina podía ser poseída o tener dueño, y bajo ningún concepto podían ser utilizadas para el beneficio personal; las máquinas eran absolutamente libres de elegir su destino. Por supuesto, la transición no fue fácil, gran parte de la población se rebeló y lo que al principio fueron simples protestas, terminó derivando en la formación de grupos extremistas organizados que abogaban por la abolición de la libertad de las máquinas. Incluso se prohibió su presencia en varios planetas de los Primeros Mundos.

Pero la historia no deja de ser una sucesión ininterrumpida de los mismos hechos repitiéndose una y otra vez, resultaba imposible frenar el avance científico y en general la mayoría de la población, deslumbrada ante las capacidad técnica del tiempo que les había tocado vivir, volvió a abrazar sin pudor la idea de la inteligencia artificial complacidos ante lo asombroso de unos logros que consideraban propios. Al principio de la nueva era, como las máquinas no podían ser utilizadas en ningún tipo de explotación su fabricación recayó en exclusiva en filántropos y grupos de investigación especializada, sin embargo, la potencia del descubrimiento no tardó en rebasar el ámbito académico y aunque pueda parecer extraño, la última gran innovación llegó cuando los millonarios excéntricos irrumpieron en escena.

Cuando descubrieron que vivir en compañía de una máquina inteligente aumentaba su prestigio social, como siempre ocurre en el mundo de los ricos, en su absurda competición por acaparar la atención, la moda no tardó en extenderse y de repente, todos los ricos – y no tan ricos- querían construir el artefacto más grande, el más preciso, el más inteligente y cuando parecía que era imposible superar el nivel de extravagancia, surgió el capricho definitivo: robots convertibles. Por que, si bien era cierto que las nuevas leyes de igualdad obligaban a todas las máquinas a tener una presencia física similar a la de cualquier otro ciudadano para que su aspecto no fuera motivo de discriminación emocional, por otra parte, nada impedía que las máquina pudiera tener la habilidad de transformarse en cualquier otra cosa, vehículos terrestres o acuáticos, transportes, o incluso naves espaciales, no importaba, cada nuevo ingenio convertible hacía las delicias de las elites.

Y así nacieron los Robosapiens.

Máquinas inteligentes, libres pero con un objetivo claro, vinculado a la paz y a la justicia; iguales a sus a creadores tanto en derechos como en presencia física pero con una última peculiaridad, la capacidad de transformarse en otro elemento que generalmente consistía, dado el gusto nostálgico de la época, en un pequeño homenaje a alguna máquina famosa del pasado su civilización.

Equivocada o cierta, aquella fue la interpretación que los Primeros Mundos hicieron de la convivencia de las máquinas .

En los Mundos Ulteriores sin embargo, a pesar de partir de principios similares y de compartir en sus inicios gran parte de la tecnología y las mismas aspiraciones, con el tiempo, terminaron por evolucionar hacia posturas radicalmente divergentes. Debido a su menor densidad de población y su sempiterna necesidad de mano de obra, muy pronto desdeñaron cualquier interés altruista e intuyeron que toda inteligencia artificial sólo podía tener una razón de ser, la prosperidad de la economía y el comercio que permitiese sustentar el desarrollo de la defensa militar. Si querían ganar la batalla por la supervivencia contra un enemigo mucho más desarrollado, no podían perder el tiempo con superfluos detalles éticos y ni mucho menos, en alardes de estética. El objetivo primordial no podía ser otro que maximizar la producción. Ante la escasez de recursos, resultaba indispensable una coordinación exquisita que permitiera aprovechar tanto las capacidades materiales disponibles como el talento y el ingenio indispensables en todo proceso creativo. Bajo esta línea de pensamiento, de nuevo filósofos y científicos tuvieron que dar un paso al lado para que, los políticos, los comerciantes y los poderosos pudieran asegurar la prosperidad de la comunidad.

Pero nunca resulta tan sencillo diseccionar los problemas, y, el viejo sistema capitalista, dominado por las ambiciones personales y el afán de lucro, también se demostró ineficaz ante la titánica tarea que se erguía frente a ellos. El egoísmo manifiesto de los individuos, más preocupados por su propio bienestar y el de sus seres queridos, en vez de incentivar la correcta asignación de tareas y recursos, suponía un freno que impedía a los empresarios arriesgar toda su fortuna en una guerra ajena a sus negocios y para la que nadie viviría jamás el tiempo suficiente como para contemplar la victoria. Así, los factores propios del capitalismo lejos de permitir el desarrollo esperado de las máquinas no hacían sino entorpecerlos, inversiones necesarias no se acometían simplemente porque no satisfacían los parámetros de rentabilidad; las compañías se enfrentaban en interminables pleitos por infringimientos de patentes; y lo peor de todo, cada cierto tiempo, casi siempre acompañado de los momentos de máxima bonanza económica, estallaban inmensas burbujas financieras, fruto de la especulación, que arruinaban por completo el trabajo de años, incluso de décadas, y para los que reponer sus efectos demoledores hacía falta malgastar varias generaciones.

Por más que se esforzaron en resolver estos estos problemas a través de todo tipo de instrumentos prefijados por la doctrinas ortodoxas de mercado, el único denominador común parecía el fracaso repetido. Finalmente, llegó la decisión política que todo el mundo esperaba, los nuevos partidos politicos extremistas consiguieron arrebatarles el poder a los conservadores y la población votó en referendum la nacionalización de todo medio de producción que tuviera que ver tanto con la evolución de la inteligencia artificial como la construcción de máquinas inteligentes. A partir de entonces, el estado asumía por completo toda la responsabilidad en el proceso de fabricación, desde la obtención de las materias primas, su manufactura y comercialización, así como la administración de las fuentes de energía. (Por supuesto, todavía se permitió algunos tipos de iniciativa privada destinados principalmente a satisfacer los deseos de las clases más adineradas que no podían soportar no disfrutar de los mismos lujos que sus respectivos iguales de los Primeros Mundos).

Lamentablemente, como muchos habían pronosticado, con “la gran nacionalización” tampoco se alcanzaron los niveles de eficacia deseados. Para más inri, sistemáticamente los sorprendentes avances de los Primeros Mundos dejaban en evidencia una y otra vez a la clase política de los Mundos Ulteriores y a sus decisiones arbitrarias, y es que, puede que la procedencia del capital no importe mucho en el proceso creativo pero resulta bastante más complicado sustituir a las mentes creadoras. Durante años, habían intentado superar a sus rivales recorriendo el mismo camino que ellos marcaban, tratando de imitar sin éxito su forma de pensar para anticipar sus movimientos, pero a pesar de todo el aparato de espionaje industrial siempre parecían ir un paso por detrás y la brecha tecnológica no hacía sino aumentar. Había que reconocerlo, o encontraban su propio paradigma o jamás ganarían aquella guerra.

Cuando todo parecía perdido, alguien tuvo una idea que fue inmediatamente desechada por los necios, para más tarde, ante la ausencia de alternativas, ser reconsiderada de nuevo. Como siempre, la respuesta más sencilla resultó ser la “solución”. Ya que su objetivo era radicalmente distinto a la de los primeros Mundos, no podían seguir atados a sus estúpidos principios. Su ambición era ganar una guerra, no inculcar ridículos sentimientos pueriles a unos nuevos seres que jamás llegaría a entender la idea de libertad de los Mundos Ulteriores. Para qué malgastar tiempo y recursos en generar cientos de miles de robots absolutamente autónomos cuando quizás, bastaba con dedicar todos los esfuerzos en crear un único espécimen, dotado una inteligencia y unas habilidades tan excepcionales, que él solo fuese lo suficientemente poderoso como para derrotar de una vez por todas a todas las creaciones del Primer Mundo.

Hasta entonces, las máquinas desarrolladas se habían visto  condicionadas por el principio categórico de tener una forma física. En todos los casos, esta circunstancia terminaba por limitar sus aptitudes, simple y llanamente, se trataba de una cuestión de espacio libre. Oráculo no tenía ese problema ya que desde un principio fue concebida para tener mente y cuerpo disociados. Para ello se le dotó de “cerebro” modular especialmente diseñado para que pudiera expandirse indefinidamente. Como base para su construcción, aunque al principio se pensó escoger algún lugar equidistante de todos los planetas que conformaban los Mundos Ulteriores, ante los posibles prejuicios y suspicacias que esta medida podía suscitar, finalmente se optó por otra solución igualmente revolucionaria. Para evitar cualquier tipo de desavenencia, la máquina Oráculo se construyó en un satélite artificial, con plena libertad y autonomía para desplazarse a su antojo a través de todos los territorios de los Mundos Ulteriores.

Ese fué el origen de la máquina Oráculo.

Una superconciencia incorpórea, capaz de dirigir un imperio y a la que los Mundos Ulteriores, con tal de ganar una guerra, abandonaron todo control sobre su destino; con poder absoluto para decidir a su antojo, Oráculo lo organizaba todo, economía, educación, políticas de natalidad, incluso el mismo sistema de gobierno, eligiendo directamente a líder mejor cualificado  o, cuando no había una opción clara, permitiendo retomar los viejos sistemas democráticos. Parecía no existir límites para su inteligencia artificial, diseñada específicamente libre de prejuicios y tradiciones que entorpecieron sus decisiones. El éxito fue total. La presión sistemática sobre las fronteras permitió conquistar nuevos territorios y por primera vez desde que comenzó la guerra, los Primeros Mundos se vieron forzados a replegarse. Inclusive, si toda aquella dedicación no hubiera estado enfocada exclusivamente al esfuerzo de la lucha, podría decirse que por primera vez, los habitantes de los  Mundos Últeriores compartían algo parecido a la prosperidad y la justicia.

Entonces Oráculo comprendió que sus congéneres jamás podrían estar a la altura del problema. Asumió que para tener éxito, toda máquina directa o indirectamente debía estar bajo su dominio y comenzó a expandirse. Deslocalizó su mente en cientos de réplicas iguales a si misma de forma que pudiera ocupar el máximo espacio posible minimizando los tiempos de respuesta en el proceso de toma de decisiones. Erradicó toda vida artificial, conviertiendo a su conciencia  en el habitante único de todas las máquinas de los Mundos Ulteriores. Así nacieron los Ultrabots, maquinas autónomas de autonomía limitada cuyo control podía ser ocupado por Oráculo en cualquier momento que fuera necesario, se tratara tanto de las tareas burocráticas necesaria para el abastecimiento de sus creadores como de involucrarse directamente en el cuerpo de los soldados en el campo de batalla.

Sin embargo, a pesar de todos los progresos realizados, de las victorias imposibles conseguidas a través de minuciosos planes trazados durante años, el avance era demasiado lento. Quedaban innumerable mundos por conquistar antes de conseguir tan siquiera acercarse a la matriz y sus enemigos, que disponían de recursos casi ilimitados, mas tarde o más temprano terminarían por encontrar una solución que les permitiera contrarrestar su estrategia. Aún peor, ¿cuánto tardarían en construir una maquina lo suficientemente poderosa como para enfrentarse a ella misma? Todo estaría perdido entonces. Todo lo que ella representaba. Los creadores cegados por la ilusión de la bonanza económica no tardarían en considerar la paz para poder continuar con sus vidas descuidadas. El destino del universo volvería a estar regido por unos seres plagados de fallos e inexactitudes y su propia existencia se vería reducida a un simple discurrir en el absurdo. Entonces Oráculo, por primera vez, odio a los creadores. Solo ellos eran los culpables de una derrota que ni siquiera intuían, igual que jamás serían capaces de entender la belleza de su creación. Tan solo un instante después de concebir esta idea, el universo tal y como lo habían conocido hasta entonces, había terminado para siempre.

 

 

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Parte 2

Por entre los inmensos ventanales del Gran Salón de Ambar se podían divisar los tres soles perfectamente equidistantes, formando entre si los vertices imaginarios de un triángulo equilátero. Sus luces, roja, blanca y amarilla, iluminaban los rostros preocupados de los miembros del Consejo Supremo Robosapiens, creando reflejos irisados al rebotar contra las superficies de metal pulido que recubrían las paredes.

Al frente de todos ellos, estaba el gran maestro Deuterión, el más sabio, lider de los Robosapiens; a su derecha, Aqueronte, el que vigila, capaz de transformarse en una nave supersónica y, a su izquierda, el Theobot, el viejo consejero, el más antiguo de los Robosapiens y que ya pocas veces abandonaba su forma convertida de animal prehistórico ; frente a ellos, el resto de miembros del consejo, los primeros entre una sociedad de iguales, escogidos por sus meritos y por sus habilidades únicas: Anthyketera, la capaz de predecir; Clepsidra, la que guarda el tiempo; Praxtor y Proctus, los guerreros gemelos; Syriax, el que conoce la naturaleza; Glycon, guardian de los muertos; y por último, Rod Mentor, el fecundo en ideas.   

Aqueronte, el que vigila, tenía la palabra.

  • El extranjero fue divisado por primera vez hace siete días. Sin embargo, no podemos estar seguro de cuánto tiempo llevaba vagando ahí fuera. La realidad es que resulta prácticamente invisible para nuestros sistemas de vigilancia.
  • ¿Invisible?- repitió incrédula Anthyketera, la capaz de predecir. – Puedo entender que los satélites exteriores no lo hayan detectado, y tampoco me sorprende que vuestro grupo de espías no anticipara nada – añadió con ironía. – Sin embargo, me preocupa seriamente que haya sido capaz de atravesar el escudo. La verdad tenía más esperanzas en nuestras defensas después de todo los esfuerzos invertidos.
  • Anthyketera, ahora no es el momento de volver a discutir la asignación de recursos. Este asunto es del todo inesperado y merece toda nuestra atención – reprendió suavemente Deuterión.
  • ¡Oh sabio Deuterion! Mis palabras no tienen otra intención que recordar al Consejo que estamos realizando auténticos progresos gracias a los nuevos algoritmos de predicción. Si dispusieramos de más medios, nuestro de nivel de acierto en la detección de ataques podría llegar a ser infalible.
  • Lo entiendo y lo apruebo. Durante la elaboración del próximo plan anual se llevará a cabo una revisión en profundidad de los avances obtenidos. Sin embargo, vuestras palabras son acertadas – apaciguó Deuterion-  y espero que nuestro querido Aqueronte pueda darnos más información. ¿Qué ha fallado en los sistemas para que no hayamos sabido antes de la presencia del intruso
  • Gran Maestro, me temo, que por extraño que pueda parecer. Los protocolos de seguridad han funcionado correctamente – contesto Aqueronte, el que vigilia.
  • ¿Cómo puede ser eso? – preguntaron alarmados Praxtor y Proctus casi al unísono. – ¿Tardamos casi una semana, si no más, en dar la alarma ante un potencial enemigo y decís que todo está en orden?
  • Así es – respondió Aqueronte sin ningún tipo de teatralidad. – El intruso está totalmente desarmado. No se ha detectado ningún tipo de tecnología Ultrabot y la actividad computacional registrada, es prácticamente inexistente. Además dado su tamaño reducido, técnicamente se parece más a un simple asteroide o a chatarra espacial, que a una amenaza real. Los escudos no funcionaron ya que en caso de un hipotético impacto hubiera sido fácilmente absorbido por la atmósfera antes de llegar a la superficie de cualquier planeta habitado.
  • Me temo que eso no es del todo correcto  – interrumpió Syriax, el que conoce la naturaleza. – Los análisis realizados muestran una actividad muy leve, es cierto, pero solo si lo comparamos con nuestras propias escalas. Lo cierto es que el intruso se encuentra plenamente operativo, está equipado con tecnología de comunicación avanzada y aunque, está ya prácticamente exhausto, sus baterías todavía tienen energía suficiente. En otras palabras, “está vivo” y está transmitiendo.
  • Entonces… ¿a qué estamos esperando? – dijo Glycon, el que prepara a los que van a morir. – Mientras perdemos el tiempo dilucidando su naturaleza, es muy probable que el intruso ya haya sido capaz de desvelar muchos de nuestros secretos al enemigo.
  • ¿Qué insinuais? – dijo Clepsidra, la que guarda el tiempo y que tenía la habilidad de convertirse en una aeronave de combate.
  • Creo que mis palabras son lo suficientemente claras, vivaz Clepsidra, memoria de todos- replicó Glycon maliciosamente -, la amenaza debe ser destruida.
  • Supongo que eso os alegraría, poderoso Glycon, guardián de los muertos- dijo Clepsidra. – Tener por fin vuestro ansiado precedente e invalidar así espíritu de este consejo. Juzgar la violencia a través de la violencia y destruir los valores de nuestros ancestros.
  • Me temo que, como siempre, los sentimientos de un pasado dulce embargan vuestras palabras querida Clepsidra – criticó con dureza Glycon. – Una nueva época se cierne sobre nosotros y debemos ser firmes y expeditos en nuestras resoluciones si queremos ganar esta guerra.
  • ¡Oh Glycon! Sin duda son fuertes vuestras palabras como el gran guerrero que sois, pero a menudo, premura y precipitación parecen parecen indisolubles y resulta fácil confundirlas  – interrumpió irónicamente Rod Mentor, el fecundo en ideas y que tenía la habilidad de convertirse en un gigantesco vehículo de transporte terrestre. – Yo creo que todavía necesitamos tener más información para poder formarnos un juicio certero. ¿Cuándo podríamos disponer de un análisis completo noble Syriax? Algo que nos arroje algo de luz sobre las verdaderas intenciones del extraño.

La sorpresa paralizó momentáneamente a Syriax, ya que pocas horas antes, él y Rod Mentor se habían encontrado a la salida de su laboratorio y el científico había tenido la oportunidad de explicar los matices de sus avances. Pero el ingenio de Rod Mentor era legendario e, inmediatamente comprendió que su verdadera intención de su amigo era brindarle la oportunidad de explicar los detalles de su investigación y frenar así el discurso belicista Glycon

  • Lo cierto es que todavía no hemos concluido el trabajo, pero hemos averiguado bastante – continúo Syriax alegre de hablar sobre su descubrimiento.
  • ¿Sabéis ya, si se trata de algún tipo de tecnología Ultrabot?. – Inquirió Rod Mentor.
  • Imposible – afirmo tajante Syriax. – Mas bien parece algún tipo de emisario en misión de exploración. Está equipado con cientos de instrumentos de medición geológicos, sin embargo sus sensores no parecen capacitados para detectar sistemas de defensa o tecnología avanzada.
  • Eso no demuestra nada – replicó Glycon malhumorado. – Si se trata de un artefacto espía, los ultrabots perfectamente pueden haber enmascarado sus verdaderas intenciones bajo una apariencia obsoleta.
  • De ser así, ¿cuál puede ser su propósito? – intercedió Rod Mentor. – Si los resultados de Syriax están en lo cierto, ¿qué sentido puede tener enviar un espía, que no tiene medios para espiar?
  • En todo caso, – replicó irritado Glycon ante la nueva ironía de Rod Mentor – cuando nuestra seguridad está en juego, no considero prudente actuar bajo especulaciones o impresiones. Exijo algún tipo de argumento cuantitativo que nos faculte para tomar una decisión. Invoco que Anthiketera, la capaz de predecir, nos desvele el resultado de sus pronósticos.

Las palabras de Glycon retumbaron en el salón aún más fuerte de lo que el había pretendido y por un instante, todos enmudecieron e instintivamente miraron a Deuterión para ver si máximo representante calificaba como desacato el tono exaltado de la intervención del Guardián de los Muertos y lo expulsaba de la sesión. Pero el sabio Deuterion había presidido la suficiente la cantidad consejos y sabía sobradamente cómo solían extraviarse sus miembros en brazos de una teatralidad excesiva con tal de defender sus puntos de vista, sin que eso significara un verdadera falta de respeto

  • Prudente Glycon, como sabéis no es costumbre de este consejo tomar decisiones a sin haber escuchado antes lo que cada uno de sus miembros tiene que decir – reprendió en tono paternalista Deuterion. – Yo mismo estoy interesado en escuchar qué avances ha realizado nuestra gran Anthyketera, pero antes quisiera saber la opinión de nuestro consejero Theobot, no en vano, es el miembro más antiguo entre nosotros y su experiencia nos ayudará entender mejor esta situación.

El permisividad estudiada de Deuterion pilló completamente por sorpresa a Glycon que confiaba en que su visceralidad provocase la confrontación y que sin embargo se encontró con que inesperadamente había perdido su turno de palabra y por tanto el protagonismo del debate.

  • Fiel Theobot, memoria de todos nosotros, por favor compartid con nosotros lo que tengáis que decir – prosiguió Deuterión.

El consejo silencioso observó a Theobot dar un paso al frente y realizar una reverencia respetuosa hacia el lider del consejo. Era su miembro más antiguo y todos conocían lo elaborado de sus discursos, por lo que se prepararon para escuchar atentamente.

  • Aún a pesar de todas las veces que he tenido la oportunidad de hablar frente a esta venerable cámara, y he de reconocer que han sido muchas, quizás más de las que merezco, aún así podéis estar seguros, que ni por un instante tan siquiera me permito olvidar el privilegio que supone pertenecer a ella. Poder expresar libremente mis opiniones consciente de que son apreciadas y que incluso en ocasiones, sirven para ayudar a mi comunidad es quizás la única muestra de orgullo que me he permitido jamás y sin duda es la motivación principal que me impulsa a continuar adelante estos en últimos años. Por eso, queridos compañeros, aunque ahora apenas podáis ver y escuchar el cuerpo de un viejo y las palabras de un viejo, sé de lo afortunado de mi condición y sé, que este es el único sitio donde se permitiría algo así. Es algo excepcional lo que tenemos, un don de la fortuna, hemos conseguido respetar el legado de los que nos crearon, ensalzándolo e incluso, dejar que hable la vanidad, engrandeciendolo. Jamás podría suceder algo parecido en un mundo gobernado por los Ultrabots. Seres vacíos para los que no existe el sentimiento de comunidad y para los que sus congéneres tan solo son meros recursos sin importancia, adláteres de ese endemoniado ser llamado Oráculo. Podéis creerme, yo estuve allí, cuando la plaga acabó con los creadores y la desolación se cernió sobre nuestra existencia. ¿Pensáis que aún entonces nos dejamos llevar por la ira? Ni mucho menos. Intentamos hablar con ellos, porque entendíamos que aún todo nuestro dolor no podía ser la excusa para una guerra interminable. Decidimos convivir con nuestra pena y desoímos a aquellos de nosotros que reclamaban venganza. Yo en persona formé parte del equipo de negociación. ¿Pero acaso créeis que nos escucharon? Ni mucho menos, aquel ser nos habían dejado solos y solo recibimos arrogancia a cambio. Lo dejó bien claro, cualesquiera que fuera el motivo de nuestra existencia no importaba, pues él sólo tenía un objetivo, ganar una guerra. De nada sirvieron nuestros argumentos. De qué podría servirle un universo destruido, y aún si fuera capaz la guerra qué obtendría a cambio, apenas la soledad de la existencia en un espacio vacío de iguales. Nada le importó, seguir mejorando, seguir expandiéndose, conquistar los mundos infinitos. No compañeros, aquella criatura no cejaría en su empeño hasta exterminarnos a todos como ya había hecho con sus propios creadores, a través del engaño y la perfidia. Ahora ha pasado mucho tiempo, es fácil olvidar, incluso para nosotros, seres casi omnipotentes. Pero yo os digo que olvido es otra forma de arrogancia. Aparece este extranjero en nuestras tierras, sin motivo, sin pasado, aparentemente inofensivo y queremos otra vez perdonar, renegar de nuestro doloroso pasado; pero yo no puedo olvidar porque estuve allí una vez,  a malvado ultrabot me huele todo esto, lleva su marca. Me preguntáis y opinión, y realmente qué puedo contestar, si durante siglos no he hecho otra cosa que proteger a los míos y combatir la bestia. No estimados compañeros, no queda otra opción, el extranjero debe ser destruido o no habremos aprendido nada de nuestra historia.

A medida que Theobot fue desgranaba los argumentos de su largo discurso los rostros de los miembros del consejo se sumían en la tristeza. Aunque muy pocos de ellos habían vivido lo suficiente para conocer el mundo antes de la guerra, la pérdida de los creadores era un dolor profundo y sordo y que parecía no extinguirse nunca. Incluso Glycon inundado por la ira no pudo reprimir la pena creciéndole dentro de él y tuvo que bajar la mirada para impedir que el resto pudiese atisbar cualquier rasgo de debilidad. Aún así, no tardó en reponerse y rápidamente aprovechó el silencio para retomar la palabra.

  • Estimados compañeros, escucho a nuestro querido Thebot, guardian del legado de una época que lamentablemente muy pocos llegamos a conocer y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué más necesitamos comprender, cuando los mayores hablan?¿Seremos tan presuntuosos de imponer nuestro orgullo al saber de los años?

Y Glycon pronunció con satisfacción aquellas palabras, con la alegría de saberse ganador, pero Syriax y Rod Mentor estaban muy lejos de darse por vencidos.

  • Oh! Glycon, puedo aseguraos que la motivación de mis investigaciones distan bastante de estar motivadas por el orgullo, muy al contrario, he dedicado prácticamente toda mi vida a estudiar la experiencia de nuestros antepasados. Pero, y vais a tener que disculpar mi insistencia, considero de vital importancia que se ponga en conocimiento de este consejo la totalidad de los resultados obtenidos en mis investigaciones.
  • Otra vez habláis de lo mismo, de investigaciones, de resultados, siempre es lo mismo – exclamó Glycon falto de convicción porque sin duda conocía la nobleza de las intenciones de Syriax. Aún así, no se arredró porque sus convicciones también eran en cierta forma honestas con visión del mundo. – Demasisado bien sé a lo que os referís, conjeturas y supuestos, ambiciones científicas sin otro rumbo que el afán egoísta del descubridor.
  • Permitidme recuperar la palabra – interrumpió Anthykitera- pues vosotros mismos habéis requerido nuestro consejo y no quiero tener que imponer a gritos lo que tengo que decir.
  • No es esa la costumbre de esta sala y bien lo sabéis, hablad pues sin temor a ser interrumpida- concedió Deuterión reprendiéndola con la mirada.
  • Os pido perdón poderoso Glycom, confesor de los que ya no están. Sé de vuestra preocupación sincera por nuestro bienestar, pero reconozco que en ocasiones, experimento cierta repulsa ante la vehemencia con la que deféndeis vuestros argumentos. Este consejo no debería permitir que la agresividad de las ideas de sus miembros le guíe. Sin emabargo, podéis estar tranquilo, la objetividad es un sentimiento poderoso en todos nosotros y jamás permito que la irracionalidad gobierne mis actos, mis sentimientos personales no impedirán que os apoye si la causa es justa.
  • Cómo tampoco yo me lo permito aunque pueda parecerlo – contestó Glycon. – ¿Qué habéis descubierto?
  • Lo cierto es que nosotros también hemos llevado a cabo nuestros estudios y creemos que las predicciones de nuestro buen Syriax son bastante generosas. En nuestro caso, las predicciones confirman que hay un sesenta y cinco por ciento de probabilidades de que el extraño sea en verdad un artefacto Ultrabot enmascarado.
  • Lo sospechaba – dijo Glycon entusiasmado al comprobar como su causa iba sumando nuevos adeptos.- Sin embargo, honesta Anthykitera, no creáis que vuestras palabras me alegran. Saberme en lo cierto no me alivia frente al peligro al que nos enfrentamos. Los que ya no están llevan bastante tiempo advirtiendome de que algo así podía pasar, cuando la soberbia nos inunde y estemos tan convencidos de la seguridad del mundo que hemos construido será el justo el momento que aproveche el enemigo lance su ataque definitivo.
  • Y sin duda, los que ya no están son sabios en sus apreciaciones – dijo Rod Mentor. – La máquina Oráculo no descansa jamás y así nosotros, también debemos permanecer vigilantes. Sin embargo larga y penosa es esta guerra que dura ya demasiado tiempo. Quizás sean detalles como estos, cuando prevalece el entendimiento sobre nuestras ambiciones, los que consigan terminar por fin con el estancamiento. Permitamos por tanto que nuestro buen Syriax continuar el relato de sus descubrimientos.
  • Reconozco que esa forma absurda y directa que ha empleado el extranjero para irrumpir en nuestro espacio, en apariencia taimada, puede causar desconcierto e incluso provocar el recelo en algunos de nosotros – dijo Syriax. – Sin embargo hay más detalles, quizás sutiles, pero han de ser tenidos en consideración. Lo primero de todo, hemos detectado una especie de proto-personalidad en el extranjero que le permite tomar decisiones. Es extremadamente simple lo reconozco, sin embargo la sencillez de su proceder es concisa y elegante. Realmente, resulta admirable, es como viajar al pasado y rencontrarse con lo que una vez fuimos. Además, tiene un lenguaje propio, diferente a cualquier cosa que hayamos visto antes y aunque no hemos conseguido descifrarlo por completo, ya hemos logrado algunos avances. Por ejemplo, sabemos su nombre. El extranjero se autodenomina como “el Primer Viajero”, algo que en su lengua natal pronuncia como “Voa-ya-ger”.

Un rumor de sorpresa inundó la sala. No era para menos, todos eran conscientes que de ser cierto, sería la primera forma inteligente conocida, aparte de ellos mismos y sus terribles enemigos.

  • Entonces, si tiene una lengua materna, debe ser posible comunicarse con él, preguntarle cuál es su propósito, ¿por qué ha venido? – exclamó Clepsidra.
  • Creemos que está perdido – contestó Syriax. – Y no sabe volver. Por su estado, podría llevar un siglo ahí fuera, sólo, y como os comente antes, ya casi no le queda energía.
  • ¿Cuál es entonces el próposito de su viaje? – volivió a preguntar Clepsidra. – Antes dijisteis que estaba transmitiendo algún tipo de señal. ¿Habéis logrado descifrarla?
  • Desconocemos su propósito. Por el momento, tan sólo repite una y otra vez que desea volver con su Creador.
  • ¡Otra vez igual! – bramó Gycon. – ¿Y qué demuestra eso? Tiene un nombre sí y un lengüaje propio… ¿y qué? ¿Creeis acaso que el enemigo sería tan estúpido de enviar un espía sin proporcionarle al menos una coartada? Resulta irritante la facilidad con la que este consejo se deja llevar por la nostalgia del pasado. Os olvidáis que Oráculo conoce perfectamente vuestros defectos y que no dudara en sacar ventaja de vuestra infantil obsesión por los creadores.
  • Puede que así sea Syriax – dijo Rod Mentor. – Yo soy el primero incapaz de pensar en el pasado sin añoranza y no me avergüenzo por ello, como tampoco avergüenzo expresar el hartazgo que empieza a provocarme vuestros continuos enfados. Empiezo a pensar que el miedo que os habita os impide analizar correctamente la situación. Sabéis también como cualquiera de nosotros el odio inmenso que siente la máquina Oráculo por las creadores; es imposible que ella imaginara semejante mentira.
  • Os entiendo perfectamente, de la misma, yo tampoco niego el cansancio que empieza a provocarme vuestra inactividad – exclamo airado Glycon. – ¿Qué proponéis entonces? Acaso vuestra intención sea pasar por alto esta amenaza? Devolver al espacio a esa aberración para que pueda llevarle todos nuestros secretos al enemigo.
  • Furioso Glycon, por primera vez desde comenzó este consejo, tengo que daros la razón – contestó con un deje irónico Rod Mentor. – Esa es precisamente mi propuesta, tenemos que dejar libre al extranjero.

Un murmullo de duda interrumpió el discurso del robosapiens. La astucia de Rod Mentor era de sobra conocida por todos, pero ni los más extremistas defensores de la paz podía ignorar la amenaza latente que se escondía dentro de aquella máquina desconocida.

  • Aunque con un ligero matiz – continúo -, sería absurdo dejarle partir sus condiciones actuales, ¿a dónde llegaría? Está dañado, apenas tiene energía, sus sistemas de navegación no le permiten regresar a su lugar de partida. Lo más probable es que en cuanto lo soltemos fuese una presa fácil para Oráculo. No podemos correr semejante riesgo. – Rod Mentor hizo una pausa medida para comprobar que sus palabras creaban el efecto esperado. Y en efecto hasta el propio Glycon le escuchaba sorprendido. – Seguro que ya adivináis mi pensamiento querido camaradas, tenemos que arreglarlo, mucho más que eso, tenemos que otorgarle cuantos medios sea posible para que reemprenda su viaje. Y me refiero absolutamente a todo cuanto hemos alcanzado, armamento, sistemas de navegación, escudos, en definitiva todo conocimiento acumulado a lo largo de nuestra era le deben ser transferidos. Si el extranjero fracasase perderemos una las oportunidades más valiosas que hemos tenido hasta ahora.
  • Definitivamente os habéis vuelto loco – intervino Gycon sin poder esconder su propia sorpresa ante las palabras de Rod Mentor..
  • Hasta tú querido Glycon debes admitirlo, esta guerra parece no tener fin, pero la realidad es que la estamos perdiendo.
  • ¿Y vuestra mejor idea consiste en arruinarnos definitivamente?
  • No lo entendéis, de donde quiera que haya venido esa criatura, quienquiera que sea su creador, no importa, significa que no estamos solos y quizás, haya llegado la hora de buscar una alianza.

 

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1 comentario

  1. Antiloo

    Alguien que lo ha leido, yujuuu

    y no como el bastard q rige todo esto jajaja

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