«

»

Jul 03

Pingüinos y Gatos

A nadie sorprende ya estos nuevos integrantes de nuestra sociedad.

Y no resulta extraño verlos por las calles públicas, lejos de sus antiguos hábitats y de sus deseos de soledad animal, muy por el contrario, ahora son comunes de los centros comerciales, de los teatros de moda y de los restaurantes populosos. Tan pronto se puede leer un hecho relevante, escrito a grandes letras en los rotativos, sobre algún gran carácter suyo, como te los encuentras al cambiar de canal, protagonistas de un “late show” televisivo, gesticulando animadamente ante un presentador de máxima audiencia.

 
Se puede aceptar o no, pero los tiempos cambian. No fue hasta que Irene y yo vinimos a vivir a la nueva casa, que nos dimos cuenta de la plena integración que había alcanzado ambos colectivos en relativamente, muy poco tiempo. Pero ya no hay marcha atrás. Basta levantarse una mañana con un escurridizo pingüino entre las piernas o, escuchar las regañinas de Irene desde el salón, mientras un gato se bebe, a rápidos lengüetazos, su leche con cereales, para darse cuenta de que nuestra sociedad no puede continuar por mucho más tiempo con su antiguo ritmo. Simplemente, a partir de ahora, se han de crear nuevos usos y costumbres, que permita la pacífica convivencia entre pingüinos, gatos, y nosotros mismos, individuos que antes de su aparición, gozábamos de todos los privilegios de la civilización, y que por tanto, más que nadie, encontramos dificultades profundas en el proceso de adaptación.
 
Sin ánimo de generalizar (se entiende que cada “familia” tendrá sus propias particularidades y por supuesto serán todas igual de válidas), Irene y yo hemos pasado largo tiempo entrevistándonos con nuestros amigos y relativos, gente cercana a nosotros, de nuestra misma comunidad, que por su proximidad geográfica e “histórica” (en el sentido más íntimo y fraternal de la expresión), nos ha permitido ir recopilando una serie de hechos curiosos, anécdotas y consejos, que nos han hecho, si no mejores convividores, si al menos, pasar grandes rato de ocio con nuestros conocidos. (Siempre produce una especie de regocijo interno, comprobar como se repiten situaciones y patrones, de los que todos somos víctimas, y escuchar en boca de otros, las disparatadas soluciones que en ocasiones se adoptan para solventar las dificultades).
 
Lo primero de todo, nada parece indicar que los gatos y los pingüinos se lleven bien, aunque tampoco parece lo contrario.

Este hecho no debería ser depreciado sin más, como una simple tautología. Uno espera que pingüinos y gatos mantengan una relación rival, llevada al extremo por la supervivencia, en la que ambas partes no tengan más en común, que un odio de reciprocidad mutua. Y es cierto, en la mayoría de los casos, por las noticias que tengo, no se soportan. Son animales territoriales, celosos de sus pertenencias, y nada dados a compartir su intimidad con extraños, ya no digamos con otras especies. ¡Oh! lo de la televisión es horrible. Los gatos, que cuando están a solas contigo, apenas prestan atención a las figuras de la pantalla y se pasean por el cuarto, contorneando su cuerpo insolentemente, que incluso llegan a tumbarse sobre el receptor (es notorio, dentro el reino animal, la pésima habilidad de los gatos para percibir las ondas magnéticas, al contrario que los pájaros o los perros), lo que en si constituye el colmo de la indiferencia ante la caja tonta, bien, pues si se encuentra un pingüino alrededor, ¡madre de Dios!, todo son uñas y bufidos. Los pingüinos, auténticos devotos de la temática documental, especialmente del arte románico, con sus arcos de medio punto y sus remates biselados (estoy convencido que la nostalgia que sienten por sus construcciones árticas esta detrás de está afición), no pueden osar ni acercarse a un receptor si hay un felino alrededor, ya que estos se abalanzan sobre ellos, maúllan y gimen por el control remoto, dominados por el deseo repentino de ver los deportes y cualquiera lo diría, les encantan las carreras, de cualquier clase, motocicletas o autocares, siempre que la velocidad tenga algo que ver los gatos se muestran entusiasmados ( aunque para se justo se observa que también muestran cierta predilección por ciertos programas que podrían clasificarse como de género, como Thundercats, o el prestigioso musical Cats). 

Si alguien considera que eso no es estar enemistado, bueno, ese comportamiento no es precisamente propio de especies hermanas de la creación.

Y sin embargo, tampoco se puede decir que esto sea absolutamente cierto. Existe una tendencia clara en sentido contrario y yo mismo, he sido testigo en numerosas ocasiones de escenas – a priori- insólitas. Ha habido tardes, que al regresar pronto del trabajo, he sorprendido sin dificultad a un pingüino y a un gato, durmiendo la siesta juntos en el sofá, el gato enroscado, con esa facilidad suya para enroscarse, y mientras, el pingüino, reposando plácidamente el pico sobre su regazo. La imagen te provoca una sonrisa instantánea.

 
En otra ocasión, siempre por sorpresa, he podido comprobar con mis propios ojos, un pingüino y un gato, compartiendo la comida del mismo bol. Pueden imaginárselo fácilmente, ese pienso especial para animales, terriblemente seco, y allí te los encuentras, gato y pingüino, comiendo insaciables y gesticulando mientras intentan tragar esas bolas marrones durísimas. Y realmente, es cierto que era de esperar por parte de los gatos, cuyo paladar esta más hecho al gusto o capacidad humana de comerse cualquier cosa, ¡pero los pingüinos! qué a poco que no sea su super-fresco-pez-recién-pescado te miran indignadísimos y te toman como a un maltratador y padre de maltratadores de pingüinos, y tú llegas de trabajar un poco más pronto de la cuenta y los encuentras allí, pingüino y gato, mano a mano, a la comida intragable, los gatos con esa lengua áspera suya, sin parar de masticar y el pingüino, venga a lanzar picotazos, de repente, notan tu presencia y levantan la mirada avergonzados, sabedores de haber sido descubiertos in fraganti, es para no dejar de reírse.
 
Son pequeños detalles como este, los que te hacen cogerles cariño a estas especies. Eso, aún a pesar de que sus tiempos de permanencia en casa, siempre son muy limitados. Los gatos por ejemplo, rara vez suelen pasar mas de uno o dos días en un mismo lugar. Una mañana te despiertas con un gato negro durmiendo plácidamente sobre tus piernas y ya por la noche, a la hora de la cena, uno se encuentra compartiendo latas de atún con un precioso ejemplar de gato persa. Así que, por muy desagradable que sea alguno de estos visitantes, pongamos por ejemplo uno de esos irrespetuosos gatos romanos, que siempre andan a la gresca, bueno, incluso en esos casos, siempre se tiene la certeza de que será un inquilino pasajero, y que al día siguiente, la molestia habrá desaparecido. Sospecho que es su forma de salvaguardar su independencia, y de paso librarse de las interminables reprimendas que, tanto Irene, como yo, acostumbrábamos a untarles, conminándoles a cambiar su irresponsable modo de vida.
Con los pingüinos es más complicado. En el cuarto de la plancha puede haber una población permanente de unos doce o catorce pingüinos y, excepto por pequeños detalles, como por ejemplo, el tamaño o pequeños marcas personales, resulta prácticamente imposible distinguirlos. En cuanto oyen el crujido de la puerta y piensan que alguien puede entrar, se apiñan todos juntos formando inquietantes figuras poligonales en blanco y negro, mientras te clavan esa mirada polar suya. Aunque para no ser injusto, he de reconocer que también demuestran cierto sentido del humor y en ocasiones, he podido comprobar como adoptan extravagantes y divertidas formas. Yo les he visto representar la siluetas de cebras, balones de fútbol, incluso los dibujos del ying y el yang. Intuitivamente se nota que te están tomando el pelo. Por supuesto, todo esto dificulta enormemente determinar cuanto tiempo pasa de media un pingüino en casa. Irene y yo, calculamos una permanencia entre dos y tres meses, que fue más o menos el tiempo, que le seguimos la pista a un pingüino emperador con el que nos encariñamos y al que resultaba fácilmente identificar ya que tenía un ala rota.
 
A partir de ahí, cada uno tiene sus favoritos. Hay quién prefiere la inquietud de los gatos, y los hay también, que admiran la paciencia antártica de los pingüinos. Soy de la creencia, que de alguna manera todos terminamos identificándonos en mayor o menor grado con alguna de las dos especies y, con el tiempo, he podido certificar, que lejos de las virtudes, son los defectos propios, la faceta que mejor caracteriza a estos dos grupos.
 
Así, los gatos, son puros egoístas en su comportamiento. Desdeñan cualquier idea de planificación colectiva y resulta imposible convencerlos de realizar cualquier tarea que estuviera ya planificada según las costumbres del lugar de acogida. Nunca verás a un gato tomar la iniciativa y fregar los cacharros, siempre, siempre, siempre, lo dejan todo a remojo, el fregadero rebosando agua, para que el siguiente gato (o alguno de nosotros o incluso un pingüino) venga después y termine de limpiarlos. En definitiva, cualquier relación que mantengas con un gato, al final siempre acaban relacionándote con la simple realidad y la realidad, créanme, es un concepto que los gatos desprecian.
 
Aunque quizás la verdad sobre este asunto sea bien distinta y en el fondo parece como si nos empeñásemos en intentar atar los gatos a la realidad y en verdad, somos nosotros mismos, deseándonos gatos, saltando entre balcones, los que  nos justificamos ante nuestra conducta acomodada.
 
Por su parte los pingüinos, presentan una naturaleza introvertida, siempre rodeados de los suyos, siempre reacios a los extraños. Si te toca un domingo por la tarde en compañía de un pingüino, estas perdido. Apenas abrirá la boca para describir tres o cuatro paisajes tímidos salpicados de obviedades. La idea de conversación de un pingüino (seres que desconfían por completo de la existencia de inteligencia fuera de los polos) consiste en reducir cualquier frase o idea a su mínima expresión, de manera que el pingüino siempre esté seguro de que su interlocutor le entiende perfectamente. Esta costumbre (a la cual consideró una auténtica ofensa implícita), los pingüinos la justifican asimilándola a una caballerosidad de su parte, como una deferencia hacia el anfitrión. Sin embargo de una manera tácita, te dan a entender que no confían lo más mínimo en tú capacidad para comprender lo que estan diciendo. Intuyo que este es el motivo oculto por el cual disfrutan tanto haciendo advertencias, dando consejos de sabio sobre seguridad, y en general pidiéndote cuidado a cada dos pasos que das. Sin duda tiene que ver con que nos consideran seres desvalidos y su concepción de nuestra inutilidad es tan elevada, que se piensan que tienen que cuidar de nosotros mismos todo el rato, y a poco que están contigo te inundan la casa de señales luminosas y pegatinas de peligro, advirtiendo de los riesgos a los que nos encontramos sujetos. ¡Malditos pingüinos, qué cansados son!
 
Ante este comportamiento Irene y yo hemos desarrollado nuestra propia táctica. Lejos de darle la razón, cada vez que detectamos que un pingüino intenta rehuir una conversación y empieza con su retahíla de buenos consejos y mejores prácticas, contraatacamos con nuestro tema estrella: pingüinos famosos de la historia. Este siempre resulta un tema polémico a tratar con un pingüino. Históricamente, carecen de figuras relevantes, por supuesto disponen de algún villano, incluso de un personaje con ciertas connotaciones homéricas, protagonista de un asombroso periplo, que le llevo a recorrer más de siete mil millas náuticas del tirón, en su afán por llegar a la Antártida. Aún así poco pueden presumir los pobres pingüinos en este aspecto si se les compara con otros grandes del género, digamos canguros, focas, etc., todas ellas especies que cuentan con grandes protagonistas infantiles. Nosotros cansados ya de su no-respuestas y de su no-conversación y de sus consejos obvios, intentamos sacarles la poca mala sangre pingüina que les quede metiéndonos con estos referentes. Pero los resultados son escasos. Se imagina un poco el efecto que tienen nuestras palabras por alguna de sus reacciones, se les hinchan las mejillas y aprietan los ojillos conteniendo alguna lágrimilla de rencor, aún así la situación generalmente sigue igual, aun así, pocas, o casi ningúna vez, se lanzan a una discusión abierta.
 

 La lista es larga y son muchos más los defectos que les separan, que las virtudes que los agrupan, ejemplos están a la orden del día y son de sobra conocidos, a saber…

  • la indivisibilidad de los pingüinos,
  • la chulería de los gatos,
  • la racanería de los pingüinos,
  • la pereza de los gatos,
  • la manía de los pingüinos por el aire acondicionado, te pasas el año entero estornudando,
  • los gatos nunca levantan la tapa del baño, (desde aquí exhorto a todos los gatos a que dejen de hacerlo porque es algo realmente desagradable),
  • la cobardía de los pingüinos,
  • la temeridad de los gatos,
  • que los pingüinos tengan que ir a todos los lados acompañados de familiares inaguantables, (por los menos los gatos, puestos a dar la murga, siempre vienen solos),
  • la inmadurez de los gatos,
  • que los pingüinos se pasen todo el día en el médico,
  • que los gatos escuchen siempre la música a todo volumen,
  • el sempiterno olor a pescado de los pingüinos,
  • que los gatos nunca reponen el papel higiénico
  • … (ad infinitum) …

… y conste que desde aquí no se quiere desprestigiar a ninguna de las dos partes, ni siquiera a los gatos.

Sospecho que en un futuro esta división alcanzará extremos fatales. Si bien al principio, este rencor adoptará la forma de simples antipatías mezcladas con desprecio, poco a poco terminará por haber casas en las que su presencia esté vedada por completo. Y digo más, no se parará ahí, este tipo de conflictos son la excusa perfecta para optar por la violencia. Siempre ha sido así, digo, se formarán partidos políticos que proclamen la necesidad de su integración y mas adelante, también se formarán otros grupos radicales que aboguen por la prohibición de algunos de ellos. Suena extraño, pero es así compañeros, el futuro es negro. Siempre lo ha sido. Cualquier nueva diferencia, es un nuevo golpe al pasado, a las reticencias y al conservadurismo natural del hombre. ¡Ay, humanidad! ¡Qué mal llevaste los cambios! y como siempre, nunca faltarán los oportunistas que quieran sacar pastuza de cualquier desgracia. Seguro que detrás de todo esto, también el dinero terminará por dirigir la conciencia de los hombres.

Hacia el futuro, bajo este pretexto, habrá conflictos, habrá guerras; sinceramente, estos pobres gatos y estos pobres pingüinos, no se merecen ser los responsables de tales villanías. No existen esas supuestas diferencias. Pingüinos o gatos, los hay diferentes, los hay iguales, y los hay más parecidos, no es cierto que se les pueda designar por una medida común. Sería como juzgar al hijo por el error del padre, a un hermano, por el error de otro hermano. Se ha de corregir este problema cuanto antes. Por favor, se ha de aprender de las experiencias del pasado. Evitemos esto, seamos pingüinos, seamos uno entre un millón, algo minúsculo sí, pero todos emperadores.

 

descarga

Comments

comments

5 comentarios

Ir al formulario de comentarios

  1. AtA

    UHHH UHHH UHHH… Lo volveré a leer… me quedan dudas…

  2. Antiloo

    Tú dale hombre!!!

  3. Yorch

    Jaja. Vaya locura. Me empezó recordando a Cortázar y acaba desparramando. Tiene buenas ocurrencias y muy divertidos los pingüinos en el cuarto de la plancha. Humm, y muy enigmático ese personaje llamado Irene.

  4. E.T

    Sólo me quedauna duda….Donde compráis el té verde???no os la estarán pegando verdad??? 🙂 😉
    Yo creo q con una buena aspiradora se acabarian los problemas entre gatos y pingüinos…

  5. JI

    Muy fan gg

Los comentarios han sido desactivados.