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May 12

Los propios dioses – Isaac Asimov contra la estupidez

Isaac Asimov escribió Los propios dioses en 1972 , con ella ganó por primera vez los prestiogosos premios Hugo, Nébula y Locus aún cuando ya había escrito su prestigiosa trilogía de la fundación y el libro de relatos Yo, Robot. El mismo Asimov reconoce que es su novela favorita entre toda su producción.

Los propios diosesNo hace mucho, en muy buena compañía, la conversación que fluía generosa igual que las copas de Marie Brizard, acabó por tomar el rumbo familiar de la literatura de ciencia ficción. Inmediatamente,se tornó acalorada y ese ansia tan humano de la clasificación nos impulsó a intentar elaborar un pequeño ranking sobre el género. Por supuesto, entre los lugares comunes y los tópicos, en los que todos coincidimos sin ambages, también hubo espacio para la disputa. Había quién no soportaba a Arthur C. Clarke y había quién experimentaba cierta reticencia en admitir a Julio Verne dentro del género. Pero lo que más me llamó la atención, fue la absoluta unanimidad alrededor de esta obra, de cuya calidad no dudaba nadie. “Los propios dioses” de Isaac Asimov, 1972; referencia poco conocida entre los que no practican la ciencia ficción leída y que atravesó de nostalgia el rostro de mis compañeros como el recuerdo de una primera novia.

No lo dude y, entre la algarabía general, a un solo clic de distancia, compré la edición española de una famosísima colección de Bruguera sobre ciencia ficción, a la que le tengo bastante cariño y que para mi sorpresa, 20 años después, descubro que es una de las peores traducciones que haya leido en mi vida.

Umberto Eco defiende que el primer misterio al que nos enfrentamos al leer una novela consiste en descifrar el significado de su título y que, para que este sea adecuado, jamás debe desvelar el contenido de la misma. Quizás por eso, resulta imposible adivinar la intención de “El Nombre de la Rosa” (título realmente fantástico) y sin embargo hay otros ejemplos catastróficos como “La Semilla del Diablo” (si, la película de Polanski) que todavía sigue enfureciendo al público español contra el lumbreras que considero que aquella era la traducción más adecuada para  original, “Rosemary’s baby”.

En este caso, no hay traducción mejor para “The God Themselves” y no se me ocurre un título más sugerente para lo que busca un lector de sy-fy que los Los Propios Dioses; de antemano es indescifrable, oscuro, elevado, a qué demonios se referirá con los Dioses,… pero que nadie se preocupe, al contrario de lo que ocurre con la magnífica novela del crítico italiano, Asimov si resuelve el misterio.

Hacía bastante tiempo que no leía ciencia ficción y, hacía casi más tiempo que no leía a Asimov, el escritor de ciencia ficción, porque al otro Asimov, al divulgador de ciencia e historia, jamás lo he abandonado. He de reconocer que ha sido un auténtico placer reencontrarme con estos dos viejos amigos, tanto con el autor como en el género, y comprobar como ambos seguían allí, tan frescos, vigentes y necesarios como siempre.

Para Asimov el futuro es el lugar al que la humanidad ha llegado a través de un desarrollo tecnológico sostenido durante cientos de años que, a pesar de los grandes descubrimientos y logros obtenidos, no deja de encontrarse en constante peligro de involución. Las invasiones barbaras que provocarán la caída del imperio pueden manifestarse de muy diversas formas, puede ser por la energía, o bien porque la expansión espacial inevitablemente conlleva una fragmentación de la sociedad, o porque en algún elemento de nuestro pasado al que nos aferramos desesperadamente nos impide proseguir, por ejemplo, una humanidad donde la Tierra no sea el centro de todo, o simplemente, que la comodidad alcanzada anquilose nuestra curiosidad.

Los propios dioses

Por supuesto, futuro y alto grado de desarrollo tecnológico, que resultan “casi” indisolubles en lo que se refiere a la ciencia ficción (La Maquina del TIempo y el Planeta de lo Simios, representan honrosas excepciones), también es una constante dentro del universo asimoviano. Se nota que, fuera del plano catastrofista, imaginar como se verán afectadas las relaciones sociales en un futuro por la evolución científica constituye un verdadero deleite para el escritor de origen ruso. Es curioso porque, siempre se espera que los escritores de sy-fy acierten con sus predicciones (por ejemplo, Arthur C. Clark inventando el satélite); leer por tanto novelas de hace 40 años poner al lector en un claro plano de superioridad con respecto al momento. Nosotros ya sabemos como es el futuro con el que fantaseaban los autores y tiene bastante poco mérito comprobar cuán equivocadas estaban sus visiones. Nadie o casi nadie acierta nunca nada sobre todo en cuanto los plazos, generalmente se presentan sociedades hiperevolucionadas muy alejadas de la verdadera y revolucionaria tecnología que impera hoy, véase, internet. Aún así, imaginar cómo la sociedad del futuro se ve afectada por la tecnología es patrimonio absoluto de la generación clásica del género que, en ocasiones roza el ámbito de actuación de otras disciplinas del saber más “glamurosas”, conviertiendo inexplicablemente a estos escritos en auténticos filósofos/sociólogos. Y ahí Asimov destaca sobresalientemente, entre los diversos desarrollos de la trama y vericuetos científicos, siempre encuentra tiempo para presentarnos su pensamiento sobre el devenir social de la humanidad, su día a día, sus formas de diversión, sexo, comida,… sin duda, una delicia del pensamiento.

Y por fin llegamos lo que quizás sea el mejor y el mayor goce que experimentado leyendo Los Propios Dioses. Dice Mark Millar, y tampoco debe andar muy equivocado, que con el tiempo ha aprendido que los McGuffin están sobrevalorados. Es decir no importa realmente la motivación que provoca la historia, ya que en verdad es una excusa para poner a los personajes en situación.  Puede que tenga razón. No importa mucho, Asimov lo clava en todos los aspectos, el leitmotiv de la novela es simplemente genial, pura ciencia ficción de la buena, mientras que el nudo, desarrollo y desenlace de la misma, aunque parezca imposible, resultan más geniales todavía si cabe, ya que la historia tiene dos o tres golpes de efecto que resultan asombrosos. Hay diez o doce personajes fabulosamente descritos, pequeños héroes y grandes villanos y, aunque en el libro abunda el pesimismo sobre el caracter humano aún así, se reserva una pequeña victoria final para devolvernos la esperanza. Si las preocupaciones sobre el futuro y la habilidad para crear debates morales en torno a la tecnología hace de Asimov en un héroe del pensamiento, la capacidad de desarrollar semejante, historia entretenida, amena, divertida y tan bien entrelazada, lo convierten en un fantástico novelista.

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Un único pero, no me gusta la prosa; resulta efectiva eso no lo niego y cumple perfectamente su propósito vehicular, pero huele un poco a best-seller; quizás sea por la traducción.

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