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Jul 09

LA FABULOSA, EMOCIONANTE Y VERDADERA LEYENDA DEL CAMINANTE

 

Sobre el mapa del viajero se iba dibujando conforme avanzaba la estela punteada de su recorrido. Cubierto de pieles atravesaba tranquilamente las puertas de madera que llevan al país de al lado y cruzaba fronteras como el que se pasa de una habitación a otra. Cruzó las Puertas del Frío alcanzando nevadas cumbres y descendió por las del Desierto hasta llegar a los áridos manantiales de la sed. En ambos lugares supo cómo encontrar vestigios de la primavera.

Hubo de atravesar en ocasiones la Puerta del Hambre y marchar al lado de pueblos famélicos que huían de la guerra y el horror. Compartió con ellos su miseria pero también su esperanza. Él no era un santo ni un malvado ni creyó nunca serlo pero sí que se creía especial. Se sabía distinto desde el día aquel en que, tumbado, mirando plácidamente a la cúpula del cielo, sorprendió su rápido parpadeo. Quiso pensar siempre que, en realidad, había sido un guiño.

Fascinado recorrió las callejuelas, los arrabales y los ajetreados mercados de ciudades inmensas, que eran mundos aún estando amuralladas. En ellas vio todos los rostros que el ser humano puede tomar. Aprendió sus historias y sus músicas, y esas historias y esas músicas tuvieron en él un vehículo formidable para llegar, en lejanos recodos, a oídos extraños y encandilados. Cantó canciones y cuando pudo, bebió vinos y conoció mujeres. El caminante rió y lloró en los idiomas de todos los lugares por los que pasó.

Cuenta la gente que dice habérselo encontrado alguna vez en su camino que de joven se asomó una vez a mirar por la Puerta de la Soledad y que la puerta se cerró y perdió la llave. Pero también cuentan, en cambio, que en las noches en que dormía al raso, las ascuas de las hogueras lo vigilaban tiernamente.

Cierta vez, caminando entre las ruinas silenciosas de un templo milenario encontró tumbada, junto a un ídolo caído y un altar cubierto de hiedra, una gran puerta negra de dos hojas, con sus quicios y goznes encajados al suelo. Las bestias, sátiros y harpías que la decoraban iluminaron sus ojos al sentirlo y en las esquinas, cuatro máscaras de muecas grotescas al correr del viento parecían llamarlo. Se detuvo un momento y miró a su alrededor un instante. Notó que allí las amapolas y el resto de flores silvestres no crecían libremente sino que su lugar seguía un orden premeditado y le pareció un mal presagio. Decidió irse sin abrir la puerta y siguió su camino.

Es cierto que él nunca tuvo afán de buscarla pero de la puerta contraria nunca tuvo noticias. Quizá se trate de casualidades o de mala suerte pero en ninguno de los cielos que conoció encontró indicios de la existencia de un hueco o de un paso que le permitiese franquearlo.

 Por bosques frondosos sabía del milagro de marchar por senderos ancestrales mientras caen de lo alto millares de mariposas amarillas.

 Alguna vez cruzó por su cabeza la idea de detenerse y construir un hogar desde el que ver pasar las estaciones y hacer durar las amistades, pero de sus pasos seguían naciéndole senderos que como enredaderas llevaban a otros destinos, a otros lugares nunca antes vistos.

Su leyenda, pues, siguió avanzando y creciendo junto a él hasta su vejez.

Por una antigua calzada abandonada fue que llegó una tarde a la última de las puertas. Era la puerta de una sencilla choza, en donde acababa el camino, al borde de un precipicio. Se acercó despacio, demorándose en las sinuosas curvas del camino. Sus propios pasos, antes ágiles, le seguían ahora un poco retrasados. Al llegar, al fin, se detuvo delante de ella, tiró el bastón y apuró el último trago de vino del pellejo. En la puerta estaba escrito en caracteres de su lengua natal: “El Caminante”. Por vez primera en su vida ni llamó con los nudillos ni la abrió directamente sino que se acercó temeroso para tratar de averiguar qué había al otro lado. Pegó el oído a la puerta y no oyó nada. Se agachó con cautela, cerró un ojo y con el otro trató de ver por el hueco de la cerradura. Estaba oscuro y le costó un rato distinguir lo que había dentro. No podía ser. Dio un respingo y se incorporó un instante, se recompuso y después se volvió a agachar incrédulo para mirar otra vez. No había duda. Perplejo admitió que lo que había dentro era la constelación de Orión. Entonces sí que entró el caminante a la casa.

 

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  1. Alberto López Aroca: Literatura Pulp en Español y de (Mucha) Calidad - No Somos Frikis

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