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Sep 15

Dustland Fairytale

DUSTLAND FAIRYTALE

(Basado en hechos reales)

Dustland Fairytale

 

el deber es pesado como una montaña

pero la muerte de un soldado es ligera como una pluma

Máxima Samurai

El Chevrolet de Raúl vuela a toda velocidad camino del aeropuerto. La música está altísima. Suena esta canción que os comento. Irene -desde el asiento de atrás- y yo – en lado del copiloto- estamos hablando a gritos sobre qué demonios significa esa canción.

Vosotros ya sabéis de sobra lo difícil que es hacer que Irene te explique una cosa en inglés cuando tú estás deseando saberlo inmediatamente. Así que yo tratando de decir, qué claramente la canción habla de cenicienta y de reencuentro ( bueno desde “Loosing my Religion” de R.E.M. tampoco se espera mucho sobre las historias de las canciones anglosajonas); y parece que Irene está de acuerdo y no lo está, hace algunas concesiones sobre mis comentarios, pero yo tampoco avanzo mucho así que sigo en mis trece alrededor del concepto fábula de la canción sin conseguir nada y desde luego, dada la velocidad del Chevrolet y lo alto de la música, la conversación está siendo acalorada.

Escuchalo – digo dirigiéndome a Irene- habla del embrujo de la luz de luna, de reinos submarinos.

Ya… pero no dice nada de volver a verse…

Bueno – digo yo – pero habla de nuestro sueños juntos… justo en esta parte, suena la batería tá-tá-tá… y lo dice claramente, unidos como antes.

No dice eso. Lo que realmente dice, Donde nuestros sueños volaban (o están – comentario de traductora-) alto como siempre.

Pues lo que estaba diciendo, contesto yo.

Y claro, yo también soy como un crío pequeño con una capacidad asombrosa para no parar de enlazar porqués anidados, uno dentro de otro en sucesión infinita, y cuando Irene por cualquier motivo, un duda, una parada para tomar aliento, falla en la inmediatez de mis comentarios término por comportarme como un auténtico gruñón que hace que sigamos involucradísimos en la conversación, significado para arriba, significado para abajo.

Irene se rie y gira la cabeza para mirar a través de la ventana, el paisaje corre como una cinta de video rebobinada a toda velocidad. El caso es que yo ya estaba viendo que Raúl  volvía la cabeza de vez en cuando, medio negando lo que decíamos, medio mirándonos asombrado y claramente algún punto de la conversación sobrepasa algún límite suyo, alterando esa parte del hipotálamo que rige las acciones, porque lentamente baja el sonido de la música, se queda un rato con la mirada severa fija en nosotros, primero a mi, asintiendo reprobatorio y luego igual de serio, a Irene a través del retrovisor central y finalmente dice en tono solemne mientras arrastra las palabras:

A ver…  no-tenéisni-puta-idea-ninguno-de-los-dos!  

Y en eso momento os aseguro que tanto Irene como yo nos quedamos callados en un sentimiento mezcla entre la estupefacción que generaba la rotundidad del tono, y lo humillante que resulta siempre encontrarse en una de esas situaciones de ni puta idea.

Parece mentira, que sea yo el que tenga que explicarlo al final. (Y es gracioso por qué dice todo esto muy enfadado, como si estuviera regañando a alguien.) A ver, la canción no trata sobre eso.

Ah! Si…  y puede saberse sobre qué trata la canción?, le contesto yo lo más directamente que se me ocurre.

Pues sí, efectivamente puede saberse, dice Raul levantando la cabeza igual igual que un gallo antes de alejarse elegantemente.

Pues adelante, soy todo oídos, vuelvo a contestarle

Y resulta gracioso porque Raúl ya me había jugado dos de estas en el pasado. Ya tuve que tragarme aquella historia de los dinosaurios y aquella otra sobre la verdadera identidad de Spiderman, así que no me explico como no vi venir la tercera.

Raúl siguió hablando y resulta difícil explicarlo, sus palabras se mezclaban con la emoción de la música y con la velocidad del momento, a medida que el enigma se deshiciera, la magia de una vieja historia volvía a renacer. No se de donde demonios pudo sacar aquella explicación, triste y nostálgica como una canción de piano, pero según avanzaba su historia, las fuerzas de un universo paralelo empezaron a girar cargadas de esperanza y valentía, de lealtad, sangre y odio. Una historia donde lamentablemente no se gana, donde los malos continúan con sus vidas y los buenos saben que para seguir adelante poco les diferenciará de los malos; una historia rápida y generosa; inmortal como el fracaso.

Realmente no se por donde empezar, dice Raúl. Es un relato corto que sin embargo abarca mucho tiempo. Prácticamente transcurren dos década entre el principio y el desenlace de la misma.  Lo que hay que valorar es que en todo ese tiempo, hay varias fechas significativas. Está el final de la historia, cerca de mil novecientos ochenta. Hay una mujer, Crystal Higgins que ya no es guapa, que ya no es aquella preciosa muchachita que él conociera en 1961. Tiene arrugas, bolsas bajos los ojos del tamaño de un sapo; el pelo ha perdido ese brillo virginal de la adolescencia. Hace años que engordó y ya no se puede bailar una canción lenta pegado a ella porque uno se encuentra incómodo rodeándola con los brazos.

No, definitivamente Crystal Higgins nunca más será la hermosa princesa de los campos de heno del instituto Superior de Timpanogos, en Orem, Utah; aquellos tiempos habían pasado hace mucho.

Ahora es una mujer en la mitad de la cuarentena, a punto de enfrentarse a la soledad de los cincuenta si no fuera porque su historia es radicalmente distinta. Lleva más de dos décadas sola, luchando por su destino, y hoy por fin va a obtener la recompensa a toda su dedicación y esfuerzo. Está sentada frente al espejo de la cómoda. Cuarenta y tres años, el pelo castaño largo hasta los hombros y esta llena de miedo. La mesa está cubierta con un montón pinturas de maquillaje que nunca han sido usadas y que probablemente hace ya bastante tiempo que olvidó cómo se usaban. Sobre la cama está el mismo vestido de fiesta que llevaba en 1961, la primera vez que se conocieron. Hoy la emoción es la misma.

Hoy Él sale de la cárcel.

Sus padres nunca aprobaron aquella relación; su preciosa hijita no podía acabar en manos de aquella basura blanca de las caravanas, que probablemente ni siquiera era mormón. Y aquel chico, Gaim Szlachetny podía ser cualquier cosa, pero desde luego no era mormón y tampoco iba soportar que nadie le llamase basura el resto de su vida.

Es la fiesta de presentación del curso del sesenta y uno. El verano había terminado y los estudiantes de los últimos cursos eran convocados a la presentación del nuevo curso. Habían instalado un escenario en el campo de atletismo y los profesores daban discursos que no interesaban a nadie (incluido al Inspector de Distrito que estaba mucho más interesado en beber ponche y en comer pasteles de la Asociación de Madres que en hacer caso a las sandeces de sus empleados). Gaim había estado con Ras el Gordo y Bucky Pizzarelli, liándola todo el rato por los rincones, fumando pitillos y bebiendo el peor whisky del mundo. Entonces la vió por primera vez. Estaban debajo de las gradas, escondidos entre los barrotes oxidados de la estructura metálica y ella pasó por delante de ellos. La megafonía retumbaba alrededor haciendo vibrar los asientos y el whisky escocía en la garganta.

Ey! Ras, grita Gaim, RASS!!! Pero Ras “el Gordo” estaba demasiado interesado en intentar verles la ropa interior a las chicas por debajo de los asientos como para prestar atención a cualquier otra cosa.

Gaim se acerca hasta él, le agarra del brazo para llamar su atención.

¿Ras quién es esa?

¿Quién?

Aquella chica del vestido blanco. La que va colgada del brazo de Lisa Simpson, la animadora.

Ahh! Esa. Es Crystal Higgins.

Dios mio, ¡es un bombón! ¿Es nueva? Nunca la había visto antes.

Voy con ella a una asignatura. Sus padres se mudaron a Orem a  principios de verano. (El rostro de Ras se ensombreció) A su hermano también lo han mandado a Viet-Nam, en Septiembre.

Gaim asintió serio. No era nada divertido hablar de Viet-Nam. Bebió otro trago de whisky y volvió a escupirlo y decidió no pensar más en ello. Esa chica estaba allí, hablando y riendo, rodeada de animadoras preciosas y aun así, resplandecía por encima de todas ellas, como la tierra prometida. Empezó a caminar completamente decidido hacia ella, cuando notó la mano de Ras sujetándole por el hombro.

Mejor que tengas cuidado, dijo Ras ante la mirada sorprendida de Gaim. Creo que está saliendo con ese estúpido de Steve Rogers y la panda de subnormales del equipo de fútbol.

Aquello representaba una auténtica contrariedad. No porque se sintiera celoso o inferior a Steve Rodger, porque fuera un tío fuerte y popular, capitán del equipo fútbol y otras tantas virtudes bastardas que le resultan absolutamente indiferentes ante sus ojos. El problema es, si aquella belleza estaba saliendo con él… ¿sería igual de tonta?

Gaim deseaba con todas sus fuerzas que aquello no fuera posible, estaba rodeada de aquel aire angelical y era tan guapa. No podía defraudarlo.

Y la verdad es que no defraudó. Cierto es que tuvo que perseguirla por toda la fiesta durante un buen rato, profesores entre medias, padres de alumnos de alumnos, daba igual, al final, de tanto seguirla, consiguió llevarse un buen tropezón con ella delante de una inmensa fuente de ponche rojo. Crystal Higgins cayó al suelo, Gaim se apoyó aparatosamente en la mesa del ponche y un par de vasos largos y rebosantes de líquido rosa se tambalearon hasta caerse sobre la cabeza de la chica sorprendida. La gente rió a su alrededor y ella miró desconcertada a los lados buscando la causa de su accidente, con aquel líquido pegajoso resbalando por su cara; aunque mayor fue la sorpresa del chico, cuando el bolso de Crystal cayó al suelo cerca de la mesa y de su interior salió despedida un pequeña petaca de licor de color plateado. Gaim le dió disimuladamente una patada con el pie y la escondió debajo de la mesa, consciente de que había descubierto a una de los suyas y que eso ya le daba un montón de ventaja.

No pasó mucho tiempo, cuando al otro lado del patio, algunas de las chicas empezaron a reunirse detrás de los cobertizos, que Gaim ya podía imaginarse lo que estaban tramando en cuanto vió a Crystal Higgins entre ellas.

Eh! Ras, dijó dándole un codazo al gigante. ¿Conoces algunas de esas chicas de ahí? Pero Ras las empresas de Gaim le importaban bien poco preocupado como estaba en comprobar cuantas rosquillas era capaz de meterse Pizzarelli en la boca al mismo tiempo.

Brunrnh frunhrunfun! Se atragantó Pizzarelli escupiendo trocitos de nevazucar.

Da lo mismo, dijo Gaim decidido. Esto siempre se soluciona de la misma forma, ¿qué os parece? Vamos a ir, ¿no?

¡Siempreeee! Contestó gritando Ras “el Gordo”, dando palmadas en la espalda de Pizzarelli intentando que recuperara la respiración, aunque las daba con tanto ímpetu, que más bien parecía que estuviera tocando un instrumento de percusión y Pizzarelli se doblaba bajo la fuerza de los golpes.

Los tres amigos se dirigieron hacia allí convencidos de su éxito.

Esto no es sólo una historia de los adolescentes. No la contaré entera, pero en aquella fiesta había mucha otra gente. En todos los sitios pasa lo mismo y muchas amistades empezaron allí igual que también empezaron la mayoría de los odios y envidias que guiarán el futuro del Instituto Superior de Timpanogos e incluso del resto de los hechos del pueblo de Orem e incluso el propio estado de Utah. Es el mismo futuro lo que se estaba forjando en aquel momento en los patios de Timpanogos.  Por ejemplo, hubo dos amigos que terminaron desarrollando juntos unos de los principales programas informáticos para procesar textos que dominaría los ochenta y noventa; Jim Starlin se convirtió en fiscal y cómo Dick Stanford le robó en aquel baile a su chica, aguantó veinte años para vengarse de él y denegar la licencia de transportistas a Stanford, provocándole la ruina; incluso recientemente, pudimos ver a Marie Osmond liderando los tops musicales de country  y llevando guitarras de Swarovski. Como en todas las partes del mundo, el futuro de Orem estaba en las calles y en la juventud de Orem y el camino de sus gentes se decidía tanto en los parlamentos y órganos de gobierno de la ciudad como en los conflictos adolescentes de sus protagonistas.

Como también se estaba decidiendo el camino a la separación que gobernará la vida de Crystal Higgins durante las próximas dos décadas; un camino de honestidad, lucha y soledad: donde finalmente el amor dicen que triunfa.

Y así fue, Gaim se metió en medio de aquel grupo de chicas despampanantes, preguntando si alguien había echado menos una preciosa licorera con la que rellenar aquellos vasos tan solitarios.

Yo te conozco, dijo una de las chica mientras le arrebataba la botella de las manos y servía licor al resto, Eres Gaim Szlachetny. Te peleaste con uno en clase de gimnasia el otro día. Te van a echar.

No me van a echar, dijo Gaim revolviéndose. Voy a irme antes yo de esta mierda de sitio Todo fue culpa de ese estúpido de Jonas y su manía de ir riéndose de los pequeños. No soporto a esos abusones.

Lo que tú digas, contestó la chica. Pero no se llevaron a Jonás a jefatura de estudios. Te llevaron a ti. Te van a expulsar del instituto.

Bueno, entonces será la última oportunidad que tengáis para pasar un buen rato, y como ni él mismo se creía su propias palabras, Ras y Pizzarelli ya no podían aguantarse más y empezaron a reírse todo lo alto y todo lo fuerte que podían antes las tonterías que decía Gaim. Agarraron la botella y se sirvieron ellos también. Bebieron juntos, brindando por la chicas y soltando bromas sobre los profesores del instituto.  El pequeño grupo que acaba de formarse empezaba a pasarlo bien.

¿Tú qué dices? dijo Gaim a Crystal Higgins. ¿Tienes planes para esta noche?

Bueno, hay una fiesta. Los padres de Beatrix Kiddo no están y vamos todos a romperle la casa. Vamos a ser muchísimos.

Ah! Muy interesante, sí…  y luego donde dices que duermes?, dijo riéndose Gaim.

¿Cómo dices qué te llamabas chico?, contesta Crystal haciéndose la sorprendida, participando también de su sonrisa.

Gaim, Gaim  Szlachetny.

¿Eso es Alemán?

Polaco. Significa noble luchador. Cosas del abuelo.

Si bueno, algo me han contado sobre eso de luchador.

Ni se te ocurra pensar en eso, dijo Gaim molesto. Son patrañas.

No te preocupes, le tranquilizó Crystal. Jonas es un repelente que sólo sabe aprovecharse de los demás. Se lo estaba buscando. ¿Vosotros qué hacéis luego?

Vamos a un concierto.

¿De quién?

De nosotros mismos. Ras le pega a las baterías y yo rompo cuerdas de guitarra. Gaim abrió los brazos de par en par, Nos llamamos: “Los escombros”.

Aunque bueno, continuo Gaim guiñando un ojo, te propongo una cosa. ¿Sabes jugar a esconderse?

Sumidos en la conversación, poco a poco los dos jóvenes se fueron apartando del resto del grupo y ahí empezó el germen definitivo de esta historia. Ahí empezó a cuajar la sintonía entre los dos; las bromas divertidas, los sueños compartidos, la desazón terrible de un chico y una chica que buscan huir desesperadamente porque escaparse parece la única solución factible cuando se es joven y, ni siquiera se es capaz de formular con palabras el problema de no tener ningún sitio a donde ir.

El tiempo pasa y se acaba la tarde y esa estúpida presentación de curso también se acaba. Los invitados abandonan el recinto ordenadamente, atrás quedan los restos de la fiesta como si fuera el rastro arqueológico de una cultura extinguida, quedan los vasos de papel corriendo por el cesped, las sillas caídas, el auditorio a medio desmontar,… todo son señales de otro tiempo, de otra humanidad. Crystal y Gaim no lo saben, no entienden cómo esa tarde que acaba de cruzar sus destinos para siempre, que la atracción que sienten, creciendo tibia y voluptuosa, que avanza lentamente como las fuerzas que mantienen unido el universo en un movimiento constante, ellos no saben todavía, que ese sentimiento, es felicidad. Tan sólo se marchan lejos el uno del otro, a otro mundo que también gira.

Y si se pudiera conducir coches dando volteretas, Gaim esa tarde hubiera ido dando vueltas de campana hasta el local de ensayo donde había quedado con resto de la banda. Tal era la euforia que sentía después de media tarde con Crystal-cañon-Higgins.

Cuando llegó, los chicos llevaban ya un par de horas soñando. Son otros tiempos y no es necesario mucho para soñar. Gaim irrumpió cabeceando ruidoso y alborotado igual que un animal salvaje liberado por fin de sus ataduras, con el rostro completamente cubierto por gotas de felicidad.

¿Dónde demonios has estado? Dijo Ras.

Perdona se hizo tarde, ¿habéis empezado ya?

¿Empezar…? Contesta Ras haciéndose aún más grande en la verdad de su reproche. Llevamos horas.

Por cierto, tartamudeo Pizzarelli, el rubio ese del equipo de football, se ha pasado la tarde buscando a la chica.

¿A quién? Contestó Gaim extrañado.

A quién va a ser, a la animadora con la que te has estado todo el rato. Y claro, luego cuando se ha enterado que estaba contigo, ha empezado a buscarte a ti. Se le veía enfadado la verdad.

¿Sí? Dijo Gaim desafiante, Pues si me está buscando todo el mundo sabe perfectamente donde puede encontrarme. Pero no hablemos más de eso, ¿qué estáis tocando?

Roy Orbison, contestó Ras.

Gaim puso un sonrisa de oreja a oreja, Lo decía porque hoy me siento de maravilla.

¿Entonces?

Por-qué-no-tocamos-al-Rey, suspiró Gaim.

Por cierto, dijo Pizzarelli, las chicas nos invitaron a la fiesta.

¿Iremos, no?, suplicó Ras, tenemos que ir, va a estar esa chica, Alice Gould, que me lleva loco.

Claro que vamos, y si hay liarla, se liará y punto! concluyó Gaim exaltado al tiempo que sonaba el primer riff eléctrico de la guitarra.

Y por supuesto que iban a ir aquella fiesta y claro que la iban a liar. Allí había un montón de gente; la mitad de la juventud de Orem con suficiente libertad y suficiente dinero para quemar la noche. Se disfruta de la cerveza, de las tonterias del alcohol; se repasan todas las anécdotas ocurridas durante la fiesta de presentación, los grupos se vuelven heterogéneos,  los desconocidos se conocen y hablan de las últimas vacaciones de verano, se piensa en cómo terminarán el curso que empieza y se intercambian sueños sobre cómo serán los años de la universidad; y sobre todo, se juega a ser tan absolutamente mayor como se pueda.

La noche avanza. La fiesta se extiende por todas la partes de la casa, se habitan los pasillos, se vive en los baños; se comentan gamberradas con cubos de agua y gelatina de colores resbalando por las camisetas. Varios chicos se encierran con una chicas en una habitación; al final del jardín, en medio de un montón de árboles empieza a brotar un humo denso y pesado, con el olor inconfundible de la marihuana. Gaim y Crystal después de media noche persiguiendose, por fin están juntos, hablando y participando de la euforia común. Están charlando animadamente y brindando por el futuro.

No era un verdadero concierto, reconoció Gaim un poco arrepentido de su presunción anterior. Tan sólo hemos quedado en un local de ensayo que que tenemos alquilado.

Bueno, todo es empezar. ¿Y qué estilo de música tocáis?

Eso está claro, dijo Gaim satisfecho, rock’n’roll. Hizo una pausa, Rock’n’roll muy’muy’alto.

Rock es fundamental, contesta Crystal con la mirada alta volando de fantasía.

Sólo existe un problema, continuó Gaim. Hacemos versiones de otros grupos y también tenemos nuestras propias canciones. Pero no sé… es como si hubiese un sonido en mi cabeza luchando por salir. Como si intentase hablar con cualquiera, con cualquiera no, con un extranjero, y yo fuera incapaz de comunicarme con éxito, porque todavía es un lenguaje extraño para mi, sin gramática aparente, sin que fuera capaz de entender las reglas que lo rigen.

Terminó de hablar con el semblante cabizbajo y la voz caida.

No te preocupes, esa es la naturaleza de los sueños, dijo ella. Hay que tomarlos como son, perseguirlos hasta que cojan su forma. Y entonces Crystal Higgins, alzó su copa y brindó, Gaim Szlachetny!, Yo digo que terminarás hablando la lengua de los héroes, y apuró de un trago su bebida.

Pero vosotros ya sabéis cómo son esas fiestas; la gente se exalta, se burla o se ofende, se dramatiza sobre la condición humana, y sobre todo, se siente que vivir pasa por apurar cualquier instante social al máximo; es la ley del amor y del sexo, la sinfonía de vaqueros azules culebreando al ritmo de la música. Y la mayoría de la veces, este sistema funciona. Funciona perfectamente; la gente se divierte a rabiar, los descubrimientos se suceden y el hecho de vivir transciende la mera experiencia humana. (En palabras textuales de Raul, “Salir por la noche no es sólo un tema de vida o muerte: es algo mucho más importante que eso.”) Y sin embargo en ocasiones, el sistema falla como cualquier otra característica del capitalismo. Existen esos individuos para los que una flamante noche de juventud, dominada por las pasiones de lo prohibido no resultan suficientes para sus increíbles ganas de acción-agresiva-reprimida que experimentan en alguna parte de sus malditos hipotálamos. Gente a la que la euforia y la diversión, tan sólo sirve para desatar su anhelo de confrontación y victoria violenta, para las que una buena noche no puede terminar sin una buena pelea.

Gente que tampoco cambia con la edad.

Los gritos inundaron la casa. Algo estaba pasando fuera. Los chicos salieron sobresaltados a la calle para comprobar con des-asombro lo que estaba ocurriendo. Un corro de personas alborotadas y en el medio de aquel circulo se encontraba el muñeco de Steve Rodger en posición de contrincante, y al otro lado, el fideo de Pizzarelli con la camisa rota y la mirada esquizofrénica. Resulta atroz. Lejos de preocuparse, la gente les jalea entre divertida y curiosa. Un hilo de sangre mana de la comisura de los labios de Pizzarelli hasta perderse por debajo de la barbilla. En cuanto lo comprendió, Gaim reaccionó todo lo rápido que pudo, Se metió dentro del círculo y de un empellón apartó a Steve Rodger, dispuesto a llevarse todos los puñetazos que hiciesen falta.

Corre Bucky, llama a Ras.

¿A tí qué demonios te pasa? Dijo encarandose con el gigante rubio.

¿Y tú quién coño eres?, dijo Steve Rodger alzando el puño amenazante. Mira chico, más vale que tú y el retrasado de tu amigo os vayáis rápido de aquí o esto se va convertir en la noche de las narices rotas.

Una voz cualquiera dijo, Steve, eh! Steve, ese es el mierda de polaco que no se ha despegado de Crystal en toda la tarde.

La cara del futbolista empezó a hervir con el odio de los celos cambiándole el color de la sangre. Y ya no eran los celos tan sólo, para aquel muchacho provocar aquella pelea era como intentar salvar el imperio romano de occidente de las invasiones bárbaras: una cuestión de honor, de clase social, de dinero…

Mira basura blanca, dijo Steve Rodger apretando los dientes. Por tu bien, vuélvete a tu mierda de caravana de cartón y que no te vuelva a ver perseguir a Crystal en lo que te queda de rastrera vida.

Normamente aquellas palabras hubiesen bastado para disuadir a cualquier otro estudiante de Timpanogos (allí se encontraba más de la mitad del equipo de futbol de la escuela ) pero como os he dicho antes, Gaim Szlachetny podía ser muchas cosas y podía aguantar otro montón de insultos, pero no iba a soportar que nadie le volviese a llamar basura. En aquel preciso instante empezó la lluvia de los golpes, la guerra de todos contra todos.

Y probablemente fué Gaim el primero en actuar, lanzándole una bofetada al recién nombrado magister militum. O quizás fuera el deportista quién le dió una patada a media altura que provocó que Gaim se abalanzara sobre él con toda la ira que el dolor físico puede provocar. Da lo mismo. En algún momento, alguien cometió la equivocación de coger un cubo de basura y lo arrojó contra la espalda de Ras el Gordo que tan sólo estaba intentando separar a los dos gallopintos. A veces un simple gesto basta para que las cosas dejen de ser una simple pelea de enamorados y con aquel golpe, aquellos insensatos habían despertado al león dormido.

Ras se volvió con toda la rabia del dolor recorriendole la espina dorsal y empezó soltar mamporros a cuantos se ponían por en medio. Le dió un puñetazo en el mentón a uno de los delanteros del equipo de futbol que fue a caer sin sentido en los brazos de su futura mujer; agarró del cuello al quarterback con el brazo izquierdo y con la derecha le sacudió un cascanueces  en plena coronilla que le hizó caer al suelo como un fruto podrido. Uno de los defensas intentó hacerle perder el equilibrio placándole por la cintura, pero Ras apenas se tambaleó y siguió peleando con el resto de locos como si fueran insectos inofensivos mientras el muchacho que permanecía férreamente agarrado un costado suyo, lejos de conseguir inmovilizarle volaba arriba y abajo igual que en una atracción de parque de atracciones. Otros dos defensas se abalanzaron sobre él sujetándolo por los hombros y un pequeñín rubicundo se arrojó contra él de frente sin más exito que rebotar contra la enorme panza de Ras. A pesar de todos aquellos tios colgándole, “el Gordo” avanzaba lentamente, casi inmovilizado, arrastrando a aquellas tres moles en busca de la sabandija que le había atacado por la espalda dispuesto a devorarla. En ese instante, un cobarde cualquiera aprovechó la ocasión para darle un tremendo puñetazo en el rostro. Ras sintió en su interior cómo el diente saltaba de su encía, el escalofrío le sacudió la espina dorsal y el sabor del aquelarre de la sangre empezó a inundarle la boca. Aquello lo volvió loco.

Y entonces, Ras “el Gordo” acabó con todo el equipo de fútbol de Timpanogos.

De un empujón hizo saltar por los aires a todos los que le agarraban. Repartió puñetazos, patadas, mordiscos y cabezazos, varias veces le agarraron y varias veces volvió zafarse. rompió un par de buzones de las viviendas, e incluso arrancó un árbol en una de sus embestidas multitudinarias. Cuando los coches de policía llegaron, diez jugadores del equipo de fútbol andaban doliendose por los suelos mientras que Ras, cómo si fuera un espectáculo de lucha libre, sujetaba con ambos brazos a otro contrincante por encima de su cabeza, dispuesto arrojarlo por los aires.

Un poco más lejos, Gaim y Steve continuaban enganchados revolcándose por el suelo. No se podía decir precisamente que Gaim estuviera ganando aquella pelea. Había sangre en los raspones de los codos, tenía la camiseta medio arrancada y aquella inflamación en el ojo se convertiría días después en una enorme bolsa morada. Pero tampoco se podía decir que a Steve Rodgers le había ido mucho mejor. Llevaba el pantalón roto, cojeaba visiblemente y lo peor de todo, la patada en el orgullo, también estaba a punto de llegar. Pero la policía llegó y el sheriff Taft Benson no iba dejar por alto aquel incidente. Imaginaos su cara de sorpresa al ver retorciéndose de dolor a medio equipo de futbol, todos tirados por el suelo como en el combate final de una película de kung fu. Los oficiales empezaron a pedir la documentación de cualquiera que pudiera mantenerse en pie. Ahí empezó a cambiar la suerte de Gaim. Como ya hemos hablado, respecto de los odios y las filias, el destino de los hombres vive marcado tanto por el amor cómo por el rencor y la envidia. En cuanto al sheriff Benson, escuchó el apellido Szlachetny ya no tuvo necesidad de preguntar más para saber qué era lo que había ocurrido en aquel barrio residencial bién y quién lo había provocado. Taft Benson avanzó con paso arrogante hasta Gaim. Se quitó las gafas destapando unos intensos ojos azules donde brillaba el fuego de la venganza.

 

¡Vaya muchacho! Se ve que no tuviste suficiente el otro día.

Gaim no conseguía entender nada.

Sargento! grito Taft Benson dirigiéndose a uno de sus hombres que estaba tomándole declaración a Steve Rodgers, No creo que sea necesario que siga preguntando a esos chicos. Sé perfectamente lo que ha ocurrido aquí. Arreste a esta vergüenza polaca y al otro spaghetti que empezó la pelea. El resto que se vaya cada uno a su casa. La fiesta ha terminado para estos críos.

Por supuesto nadie intentó defender a Gaim o a pequeño Pizzarelli, todos los chicos suspiraron aliviados y bendiciendo la buena fortuna que habían tenido al escapar de las iras de la policía y del futuro castigo de sus padres. Si aquellos dos desgraciados a los que nadie conocía, iban a cargar con la culpa de lo que fuera, qué más daba preguntarse por los oscuros motivos que habían inducido al sheriff a exculpar a todo el mundo en detrimento de aquellos adolescentes malditos. La versión de la mentira empezaba a ganar de nuevo la batalla por la justicia. Es el momento de los flashback,  de viajar al pasado y descubrir lo que pocos sabían. Se puede ver el campo de futbol de Timpanogos, otro corro de gente alborotada y en el medio Gaim peleándose con Jonas Benson. Los profesores separando a los cachorros furioso. Otra vez el rastro de la sangre. El Sheriff Taft Benson no era otro que el padre de Jonas Benson, el chico que se había peleado con Gaim hacía pocos días y por lo cuál iba a ser expulsado del instituto.

Crystal Higgins observó atónita como los esposaban y los metían en la parte de atrás de los coches patrulla. Algo había cambiado. Sus miradas entrelazadas se alejaron iluminadas bajo la luz de las sirenas. Mientras se llevaban a Gaim arrestado, Crystal permaneció allí de pie, dentro de su precioso vestido de fiesta, el mundo a su alrededor se deshace cómo un castillo de arena en la playa bajo las pisadas de niños rivales. Steve Rodgers intentó cubrirla con su brazos. Al primer contacto, ella se encogió estremecida e intentó deprenderse de su manos. Cuando el intentó retenerla aumentando la fuerza de su abrazo, ella se giró brúscamente, le dió una bofetada con todas sus fuerzas y se marchó corriendo de aquella mentira lo más rápido posible.

Definitivamente algo había cambiado.

Y no es sólo cuestión de la atracción brutal de los cuerpos sedientos de los cuerpos. De repente el pasado se había transformado en un enorme agujero negro que intentaba devorarlos y la cuerda floja del futuro se extendía antes sus pies como un callejón inhóspito, inevitable,  parecía que a partir de ese instante ya no les quedase otra cosa en la vida que zozobrar y tambalearse, continuar simplemente intentando no caerse de un mundo monstruo, de siete colas y siete cabezas.

Sin embargo, Gaim Szlachetny lejos de pasarlo mal, no podía estar más radiante. Le habían metido en aquel coche a empellones si, y además tuvo que pasar la noche en aquel cuartucho oscuro de la comisaría, con apenas iluminación y un frío del demonio, pero nada de eso era comparable con la premura que le atenazaba el estómago palpitando de excitación y mariposas. Un pequeño ventanuco pegado al techo dejaba pasar la luna llena y su embrujo de tieneblas invitaba a la melancolía. En una de las litera estaba Tio Ben, un viejecín de las caravanas que se pasaba borracho la mitad del día y durmiendo el resto de la noche. Gaim reventaba de emoción. Y qué si el Sheriff Benson le había torturado con preguntas e insultos varias horas durante el interrogatorio. Y qué, si la vida era injusta.

 

El maldito Sheriff Benson se puede ir al carajo, le contaba a Tio Ben que escuchaba pacientemente. Sí, al carajo. Ese maldito Sheriff y el mierda de su hijo.

Tenías que haber estado allí Tio Ben, Ras se cabreó y empezó a pelear de verdad, aquellos tipos no sabían por dónde les venían golpes.

Y se lo merecían. Crystal estaba allí delante, viéndolo todo. Viendo cómo ese estúpido de Steve Rodgers podía ponerse todo lo tonto que quisiera, que no tenía razón para pelear con Pizzarelli, ni para meterse conmigo. Crystal lo vió, se merecían la paliza que se iban a llevar.

Ahora mismo debo de sentirme como uno de esos deportistas que cruzan la meta un segundo más rápido que los demás. Uno de esos deportistas que marcan los tantos decisivos y el estadio ruge de emoción alabándolos, que luchan hasta el final y lo consiguen, y no es éxito lo que consiguen cuando ganan el partido, es justicia.

Miró la Luna a través de esa rejas, escapándose de este maldito planeta. Ellos no me tienen aquí retenido, pensó para si mismo, es el mundo ahí fuera el que se encuentra prisionero.

Tío Ben te lo aseguro, no importa lo que dure este maldito juego, no me importan cuantos sean, ya pueden ser bastantes… porque van a perder todas las finales, van acabar realmente cansados, porque lo que es yo, no pienso parar.

Y el pobre muchacho no sabía que el mundo era un enemigo mucho más difícil de vencer que cualquier otro al que se hubiera enfrentado antes, mucho peor que cualquier Steve Rodgers, peor que cualquier sheriff Taft Benson e hijo… desconocía que la realidad del mundo hace que casi todos jueguen en el mismo bando y además, por si fuera poco, encima son un montón de gente; gente que jamás descansa. Gaim Szlachetny pensaba que había ganado una pelea y lo que no sabía, es que realmente ya no iba a parar la luchar en lo que le quedaba de vida; que estaba condenado a caerse mil veces para volver a levantarse otras mil. Se podía vencer a un par de muchachos estúpidos y a un sheriff rencoroso, pero tendría que vivir toda la vida soportando el desprecio de la gente que no cree que los demás tengan el derecho de alcanzarlos. De hecho, no quiere reconocer el sentimiento que le crece dentro, no quiere ponerle nombre, pero instintivamente, Gaim ya sospecha que no podrá continuar luchando sólo, embebido en unos ideales solitarios cubiertos por el polvo. Instintivamente es fácil comprender que si realmente quiere a esa chica no va a poder comportarse como un capricho de verano. Si quiere vivir a su lado, tendrá que trabajar, tendrá que conseguir que su futuro, un hecho por el que jamás había apostado una mísera moneda en toda su vida, un futuro pobre y errático, frágil como hierba de verano, ahora además, por si fuera poco, tenía que ser un futuro con espacio para dos. Aunque fuera algo desconocido. Y eso no va a ser fácil. Gaim ya sabe que no va dejar de ser Gaim Szlachetny, ya sabe que no se va a graduar, que no va a salir del maldito Timdpanogos camino a una de esas prestigiosas universidades del este, que su vida, a Dios o al Demonio, no va a ser así de fácil. Hay otras cosas desde luego. Está el sueño de la música, eso es cierto, pero tiene que entender que no tiene mucho tiempo.

Esa noche gira y se pierde en el horizonte como todas las noches. Crystal la pasa ahí fuera,  encerrada, bajo esa misma luna que también parece ella misma encerrada. Pasa tanto tiempo mirando los muros de la prisión, esperando a que suelten a Gaim, que prácticamente se ha convertido ella misma en otro prisionero. Y efectivamente, así será un tercio de su vida, un preso más, viviendo al otro lado de los barrotes. La semilla del crimen se ha instalado en su corazón y por más oportunidades que le otorgue la sociedad para arrepentirse, ya nunca será capaz de redimirse; ese crimen variable y voluptuoso que según en la época en la que a uno le toque vivir a cada uno, se le llama blasfemia, rebeldía, o amor y que definitivamente se había apoderado de ella. Después de aquella noche todo cambió. Empezaron las llamadas de sus tutores en el instituto, una incomprensible desidia dominaba la actitud de Crystal. Empezaron los trabajos no entregados, las faltas de asistencia, los exámenes suspensos. Y aquello no era más que un simple espejo de la situación familiar, en la que incomprensiblemente, sin saber exactamente qué ni cómo, empezaron los problemas de verdad; malas contestaciones, mentiras y los retrasos nocturnos mientras los padres despiertos largas horas preguntándose dónde podía estar aquella hija mimada. Y no podían estar más en lo cierto. No soy yo el que se pondrá en la piel de una respetada familia del medio oeste para juzgar la vida de una niña que nació preciosa, que creció grácil y responsable y que cuando empezó a vislumbrar la vida, conoció a un chico y de repente un día, de la noche a la mañana, dijo que ella tampoco asistiría a la universidad. Y la luz de los resultados, quizás y sólo quizás, por una vez quedó demostrado que la mano dura de la disciplina, ese férreo muro que se levanta desde el pasado de nuestra educación, construido ladrillo a ladrillo por nuestras mentes, con el argumento vacío de nuestra propia experiencia como ejemplo universal, sólo quizás, sólo por esta vez, no sea la solución final para todas las cosas.

O por lo menos no lo fué para Crystal Higgins, para la que las constantes amenazas del señor Higgins o el eterno lamento chantajista de la señora Higgins, no fueron suficientes argumentos para convencerla ni sobre las bondades de su pasado escolar ni sobre la importancia de la sumisión filial para su correcto futuro. Simplemente un día, Crystal ya nunca más volvió. No en sentido literal por supuesto, en aquella época una muchacha de 18 años no podía tomar las riendas de su vida a las bravas y desaparecer sin que toda la policía de Orem fuera a aguarle la fiesta. No, simplemente la niña Higgins que todos habían conocido hasta la fecha desapareció para siempre. Dejó el instituto, buscó un trabajo en un supermercado y abrazó la vida al borde del abismo. Decidió jugarse el futuro a una carta y como dice la canción, no se dió cuenta de que las buenas cartas ya habían sido repartidas. Resulta complicado adaptarse a esa situación.

Resulta complicado abrazar el fracaso.

Y si hubo un punto de no retorno para Crystal, por supuesto, también sus padres rebasaron ese límite. Difícilmente un padre da por perdido a un hijo. Mucho menos a la princesa heredera, una niña nacida para casarse y perpetuar el poder del reino mediante la rancia alianza. Y aún así, llegó un punto en que las discusiones constantes, el rechazo, la culpa, todo se convirtió en una piedra demasiado pesada para ser arrastrada una y otra vez por las responsabilidad diaria. Las mismas rarezas descabelladas que habían convertido a Crystal en una mujer, también la había transformado en una absoluta desconocida a ojos sus padres. Un ser extraño ante el que se sentían aterrados y ante el que poco a poco su corazón fue olvidando y cada vez más, tranformandose en una figura odiosa.

Como uno de tantos problemas de los que adolece la sociedad del espectáculo, la idea de éxito también ha sido absolutamente manipulada por los medios de comunicación, los artistas y la filosofía moribunda del siglo veinte. La idea del éxito capitalista, difundida hasta la saciedad, de los comienzos titubeantes de un entrepreneur que lo arriesga todo y termina ganando, juega con nuestros sueños y aspiraciones igual que con cualquier otra convención social. Igual que en el sexo, igual igual que nuestro afán consumidor. Cada vez que leemos en prensa sobre los triunfos de un deportista de élite, que ha abandonado todo a su alrededor, toda su vida hacia un objetivo, sin importar nada más; o cada vez que un cantante número uno en listas, nos exhorta con su rock a vivir la vida al límite, a ganar o a perderlo todo, y en verdad nos está diciendo, yo lo hice, vosotros podéis hacerlo: ser como yo: comprar mi disco digital y lo conseguireis; el problema del éxito moderno, ya sin contar siquiera con los que pierden, para el resto de la normalidad humana, aquellos para los que ya ni siquiera la supervivencia es un objetivo válido porque el Estado se ha encargado ya de proporcionar esas soluciones a los individuos: la sociedad ya no dispone de ese espacio en la palestra para esta normalidad; el falso lema de intentarlo es lo que importa, engatusa y atrae como un malvado Menfistófeles de cara amable dispuesto a atarnos el la frustración de la no consecución de la obra; cómo dijo Homer Simpson, intentarlo es el primer paso hacia el fracaso.

Si alguna vez se consiguiera desenmascarar la mutante falsedad del modelo occidental de éxito: renunciar al éxito, no es sino, otra cara del anarquismo: una de las últimas opciones que le restan a los individuos para evitar caer en la locura. Si uno aspira a replicar el entorno material a su alrededor, si uno realmente siente que necesita tocarlo físicamente, disfrutar de toda la belleza de una sociedad espectácular y finalmente termina por no lograr ninguna de esas exquisiteces y lo único que consigue experimentar es la negación constante de esa misma sociedad que contempla y desea, si realmente necesita ese éxito vital, será como darse cabezazos contra un muro invisible hasta terminar con la mente rota por los esbirros de las masas.

Todo lo profundo que se quiera ser, todo lo escondido que se quiera estar, ahí, donde uno se cree sentirse a salvo de esta manipulación, por esas rendijas también se cuela el deseo devorador del mundo exterior. En lo más íntimos de nosotros, aquellos que ambicionan la perfección a través de sus seres queridos y de sus familias, aquellos que se convertirán en malos padres, en malos hijos, en malos amigos, en malos esposos, también ahí el reptíl pestilente del éxito moderno encuentra un hueco donde poner su nido de podredumbre. No hay solución contra eso. Se ha de saber que simplemente la meta no existe, que la institución de la meta es otra falsedad, igual que el dinero, igual igual que el sentimiento de amor; no se puede ser rico o poderoso, no se puede ser excelente persona, no se puede ser solidario o valiente, no se puede ser el fuego de la virtud, no es posible, cualquiera cosa que eso sea.

Y la paradoja radica en que no aceptar estas metas conlleva la misma exclusión social que no aceptar el sistema y vagabundear por las calles mendigando la migajas de éxito. Es el demonio trepando la mano.

Ese último pensamiento enturbia la mirada de Crystal Higgins.

Estan tumbados en la cama de él, desnudos, Gaim hablando extraviado y fumando cigarros.

¿Qué te pasa?

Nada.

Pareces distraída. O estás triste. No lo sé.

¿Triste? No, no estoy triste. No pienses eso.

Te vi girar la cabeza y pensé…

Olvídalo. Pon música.

¿Clásica?

Clásica.

Otra cosa empieza. La radio carraspea a través de las ondas. Los locutores y las sintonías se distorsionan según se desplaza el dial del aparato. Por fin, un instrumento de cuerda suena a lo lejos, vibra largo y sostenido en el tiempo avanzando hasta nosotros. Muy al fondo, otra melodía aparece y tamibén se acerca y se enlaza con la anterior. Los lamentos hipnóticos de una soprano saltan al primer plano.

Saldrá bien, verdad, pregunta Crystal y la soledad envuelve sus palabras.

Claro que saldrá bien, contesta el chico, esperanzado ante la posibilidad de explicarse.

No lo sé. Algunas veces siento eso dentro de mí. No me gusta.

La voz de Crystal tiembla angustiada como la voz de los niños vigilando a los monstruos de los armarios.

¿No nos equivocamos?

No, no puede ser. Si lo pienso. Ahora gano casi tanto dinero con las actuaciones como en el taller, y el taller es un infierno; miralo así, no perdemos nada si perdemos. Es el momento de aprovechar la oportunidad.

Sí, es el momento.

Se nota que ese hombre de la ciudad está apostando fuerte por mí.

Vas a ganar un montón de dinero.

No lo sé, pero ahora las canciones son buenas.

Sí, las canciones son buenas.

Y ese piano suena como un trueno.

Ese piano es fantástico.

Si.

No creo que haya escuchado nada igual.

No lo sé, pero si le gusta a ese productor, me ha prometido mucho más. Es sólo el principio. Pero tengo que ir y para eso, tengo que dejar el taller.

Ya lo sé.

Pero necesito que estés conmigo.

Y siempre podemos encontrar cualquier cosa.

Eso es. ¡Siempre se hay tiempo para la monotonía! Y de todas maneras, tampoco me importa eso,  yo ya lo conseguí; yo te tengo.

Yo también lo he conseguido.

Ya lo sé.

Aún así, estás triste.

No… Quizás sea el miedo, quizás sea que estoy un poco asustada.

No lo estés, no pasa nada. Nadie hizo nada malo. Tiene que salir bien.

No, no es eso… Quiero decir, quizás sea eso exactamente, lo que me asusta. Que salga bien. Qué tengas éxito… Sé que suena descabellado, pensarás que estoy loca.

No digas eso.

¡Pero lo es! ¡Es verdad! Si tienes éxito, pasará eso. Tendrás que viajar y conocerás a mucha gente distinta y a otras muchas mujeres. ¿Que seré yo entonces?

Bobadas. Si tuviera cualquier otro tipo de éxito profesional. Si me convirtiera por ejemplo en un prestigioso cirujano también ganaría un montón de dinero y tendría que viajar, y conocería a otro montón de mujeres.

No es lo mismo.

¿Por qué no es lo mismo? Podría elegir otra cosa ir a una de esas bonitas universidades vuestras que tanto os gustan. ¿Y qué cambiaría eso? Acaso no podría tener también eso que tú llamas éxito y en lo que yo no creo, y que según tú nos rompe.

No está en tú mano. Tu no podrías elegir, las cosas suceden así todo el tiempo, te hacen formar parte de su mundo. Y no puedo evitarlo, me da miedo que pase, me da miedo la certeza de que va a pasar.

Bueno, gracias por la certeza, pero estás exagerando.

A veces pienso que me equivoqué; tú te has alimentado todos estos años de la ilusión de tu música; yo en cambio, tengo la sensación de no haberme esforzado, de ser feliz así.

¿Por qué dices eso? Te va bien en el grupo de teatro.

Pero eso no es suficiente; o yo no lo siento así. Si realmente estuviera interesada en eso haría como tú, perseguiría ese sueño hasta dejarlo exhausto. No me quedaría en casa un sábado por la noche esperando a que llames.

Estás equivocada, quiero decir, estás a tiempo de hacerlo. No importa cuando lo decidas, mientras sepas que tienes que hacerlo.

Seguro que me estoy comportando como una tonta al insistir en todo esto. Mañana es tu gran día y necesitas que vaya contigo, que este contigo. Perdoname.

No Crystal, eso no es justo. No es justo para ti. Yo no quiero eso para ti. Mañana nos iremos de este maldito pueblo, por fin! Han sido tantos años esperandolo. Lejos de este pensar absurdo, raso como de campo de pastos, que no nos deja respirar. Y estaremos a salvo, por fin a salvo. Tendremos problemas, claro que tendremos problemas. Eso es el futuro. Pero serán problemas distintos,  problemas que merezca la pena pelear. Yo no quiero que dudes de eso, no podría soportarlo, no podría seguir adelante si no estuvieses convencida. No conseguiremos nada si no estamos juntos.

¿Y yo? ¿Qué conseguiré yo?

Serás buena. Triunfarás…

No. No triunfaré. Para conseguir algo… para obtener algo, es necesario, dar una vida. Una vida que yo ya he dado. Una vida que ya es tuya.

No lo siento así… no lo quiero así… no lo hagas así…

Eso no importa. Igual ni siquiera lo merezco. Quiero decir, si de verdad quisiera esa vida, si hubiera luchado como una mujer en busca de su supervivencia… podría tenerla, podría alcanzar el éxito… no es dificíl, es más, créeme que ni siquiera supondría un reto para mí. Sería tan fácil. Pero eso no ha sido así.

El éxito no importa…

Estás equivocado.

No lo estoy. Dentro del éxito lo que importa, es la forma en la que se consigue.

Estás equivocado…

¿Por qué?

Si quisiera triunfar. Si necesitara triunfar, sería simplemente el reverso de la moneda. Simplemente huiría de aquí. Me iría a Los Angeles, a New York, me-iría-a-Lon-drés y ahí yo llevaría una vida sorprendente de amistades inverosímiles y de aventuras extraordinarias. ¿Tú que serías entonces? Piensalo. Conocería a ese tipo de gente que a tú lado, sí, comparado contigo, esmirriado Gaim: parecerían semidioses; nobles de cuna, preciosos muchachos, hombres prestigiosos. ¿Qué podrías hacer frente a eso? ¿Cómo podrías competir con semejante excelencia? ¿Y finalmente pensaras eso de mí? Que iba a continuar viviendo a pesar pesar tuya.

Las palabras de Crystal se funden con la melodía de la radio, como un desenlace inevitable marcado por el ritmo de la melodía. Cada vez que termina la música, la conversación cesa y ambos se ven condenados a escuchar el silencio zumbido del aparato, a la espera de que otra canción comience y les dé pie a interpretar otra vez su parte de la letra, hasta que otra canción termine y vuelvan a vivir en el silencio.

Así vuela la juventud perdida.

Crystal Higgins se arrepintió en el mismo instante en que dijo cada frase. No porque pretendiese ocultar alguna verdad políticamente inaceptable o quisiera evitar el conflicto entre ellos dos. El motivo de su arrepentimiento provenía de una sensación completamente contraria. Tenía miedo sí, y por supuesto estaba asustada, pero la idea que se gestaba en su subconsciente, nada tenía que ver con la celosía por los momentos futuros. Más bien era un temor certero a que algo iba a salir realmente mal en todo aquello, algo de índole física y con características mortales; y precisamente era el carácter supersticioso de la premonición lo que le impedía ser sincera en sus palabras.

¿Por qué no lo dijo?

Por qué no reconoció que detrás de todos aquellos argumentos elaborados, razones en las que creía con una convicción aritmética y en las que se reconocía a sí misma como otra víctima pura de la lucha de clases; aunque tuviera razón, y ella sabía que el motivo de sus reticencias no era el deseo de luchar por un futuro individual colmado de éxito y de envidia, sino que realmente sentía que algo estaba funcionando mal, que algo iba a salir mal y que sus objeciones no tenían más fundamento que la idea casi religiosa de que se había que pagar un precio muy superior por la felicidad. Pensar tan siquiera en expresar aquellos prejuicios estúpidos en voz alta le hacía sentirse ridícula.

¿Cómo podía avergonzarse ante él? ¿Por qué no dijo nada de lo que pensaba?

Veinte años después, él está a punto de salir de la cárcel. Ella está delante del espejo agrietado que refleja la cara agrietada que intenta cubrir con un maquillaje que a duras penas recuerda como se usa y que a duras penas puede tapar ya las grietas de una edad demasiado avanzada para pensar en el amor, sobre todo en ese amor de película de niños; de mujer encerrada en la torre dejándose crecer la cabellera para que puedan venir a rescatarla. Un amor donde nunca hubo espacio para los desencuentros o los problemas de la convivencia; donde no existe el tedio sexual de las parejas marchitándose sobre sofás de polipiel y donde por supuesto, tampoco hay lugar para la esperanza de la familia que nace, crece y se multiplica y anula cualquier posibilidad egoísta del individuo, a base del trabajo obligado, del sacrificio, del esfuerzo eterno que finalmente salva a las personas pensar en otras cosas y volverse locos.

Veinte años para crecer separados, para amarse de lejos a través de los cristales de las cartas y las canciones, cada cuál prisionero en su pequeño mundo moderno. Si pasa un año, si pasa otro año, si pasan mil años,…  nunca resulta sencillo, la costumbre no consigue atenuar la pena de la distancia y cada nuevo año es diferente al anterior en su tristeza y su arrepentimiento. “Qué fácil lo tuviste tú maldito Gaim Szlachetny” pensó Crystal Higgins ante la vejez del espejo. “Para ayudarte a esperar has tenido a tu lado a la mitad de los funcionarios de prisiones del estado de Utah. Yo en cambio… he tenido que esperar. Solo pude esperar. Sacar yo sola adelante la familia que nunca existió. Trabajando en esos bares de la mala muerte veintiséis horas diarias. Tuve que continuar con la vida, enamorame de otros hombres, acostarme con ellos y aún así volver a casa con el sabor del adulterio en los labios. Volver a esperarte forzada por un amor de adolescente malcriada, que todavía me consume, en el que todavía vivo. Todo lo que prometiste, ¿dónde está? La fantasía de los reinos submarinos, la aventura de los mundos prehistóricos, tu y yo en la batalla medieval, salvando todos los obstáculos. Todo eso se me ha negado y nadie estuvo ahí para ayudarme. Oh! Gaim debería de odiarte, debería desear que no te soltasen en otros veinte años. Ojalá cuando salgas seas tan viejo y tan enclenque, que cuando te vea la primera vez, ni siquiera sea capaz de soportar la idea de seguir mirándote y se acabe por fin esta estúpida manía mía de quererte.”

“¿Por qué no dije nada?”

Es esa misma mañana, ella mira el vestido de niña fatal encima de la cama, él va salir de la cárcel; por primera vez en veinte años ambos están al otro lado de la desgracia.  Por primera vez piensa “Maldito Gaim Szlachetny más te vale haber aprendido algo que merezca la pena ahí dentro, porque te juro que aquí fuera exigimos muchisímo. Te aseguro que aquí fuera es muy difícil está a la altura.” El camino de la desilusión que había empezado veinte años antes llegaba a su fin, hasta ese momento, cualquier atisbo de lucha se basaba en sobrevivir al abismo del pasado, a partir de ahora, si había que luchar, sería el presente quien dictase las normas del juego.

Es esa misma mañana frente a los muros de hormigón coronados por cables de puas enredados sobre si mismos; la mañana gris de la alegría en que ya nada importa el pasado, la belleza de tu rostro bajo la lluvia y la alegría del aire libre; el abrazo definitivo después de mil años y un día, la seguridad y la recompensa del amor. Resulta imposible creer que después de todo ese tiempo, todavía tienen miedo de lo que no conocen, todavía temen lo que no saben explicar con palabras.  Ahí está Cenicienta, esperando a la puerta, con la mirada limpia de ya sabía que ibas a estar aquí y mi mente envenenada te esperaba con la frente bien alta. Por primera vez a salvo del éxito. Por primera vez limpios de una sociedad que ya nada puede importarles, que ya nada puede exigirles, y para la que por supuesto ya no son nada, olvidados. Qué difícill resultaba antes; qué difícil resulta cuando se es joven.

Por favor recuerda cómo era entonces, una mente pura de amar

Malditas oportunidades. Veinte años antes, esa misma mañana, el sol se levantaba en el oriente como carros de guerra marchando sobre la ciudad. El motor del chevrolet se escuchó al fondo de la calle. Crystal pudo identificarlo con precisión a pesar del cansancio, aunque no había pegado ojo en toda la noche, sus sentidos se mantenían alerta a causa de la excitacion. Seguro que la princesa del cuento tampoco durmió esa noche, esperando el alba deseperada depués de veinte años subida en aquella torre medieval, a punto de lanzar la coleta por la ventana y escaparse  de una vida que no había sido especialmente injusta  con ella, no más que con el resto de la gente de Orem.  

¿Por qué ese sentimiento entonces? Por qué ese deseo contemplarlo directamente, de probarse así misma que viviría lo suficiente como para experimentar el placer de ver toda aquella mentira destruída. ¿Acaso no sería su propia naturaleza, una trampa mortal?

No lo pensó más y saltó por la ventana. La sonrisa de Gaim al volante le tranquilizó.

“ La vida es de los que arriesgan”, dijo él.

“No” contestó Crystal satisfecha. “La vida es de los que arriesgan y al final ganan.”

El motor del Chevrolet ruge hacia el futuro.

En el camino la conversación daba vueltas una y otra vez sobre los mismos sueños mientras el cuentaquilometros descontaba el tiempo que se interponía entre ellos y sus deseos. Al final del desierto, el Sol fue creciendo hasta convertirse en un inmenso gigante aterrador que aplastaba el paisaje a zancadas grandes y ruidosas. Crystal acariciaba el aire agitando suavemente la mano fuera de la ventanilla mientras, su pensamiento volaba libre e independiente, totalmente ajena a su voluntad. Giró la mirada hacia Gaim, simplemente estar allí con él conduciendo hacia poniente, el sentimiento de felicidad se volvía tan evidente que su palpabilidad resultaba pasmosa. En adelante, sólo conducir y vivir y la nada por delante, ningún sitio donde dormir, si algo fallaba, ninguna mano a la que asirse en busca de ayuda. Esa idea le turbó la mente. La vida que apenas esa mañana estaba ahí con ella y de la que ya se creía por fin a salvo, ahora parecía luchar y resistirse, creciendo en su interior poderosa y amarga. Deseó con todas sus fuerzas que cada una de las palabras que había escogido para despedirse fueran las acertadas.

Nada de esto debería sorprenderos…”, pero por fuerza les tenía que haber sorprendido.

Y la pobre madre Higgins, que solía levantarse temprano a rabiar, por fuerza tuvo que experimentar verdadera sorpresa cuando al asomarse con miedo a la puerta de su cuarto, temerosa de ofrecerle el desayuno a su propia hija, en lugar de en lugar de su preciosa pequeña encontró aquel sobre cerrado encima de la mesa. Seguro que hubiera preferido el rechazo que habitualmente solía recibir su invitación en vez de tener que enfrentarse al enigma súbito de la ausencia inexplicable. Ni siquiera se atrevió a abrirla. Espero haciendo lo que normalmente hubiera hecho cualquier otro día, mezcla de vivir el hoy y de esperar al día siguiente, aterrorizada hasta que llegara el marido y pudieran enfrentarse a aquella carta, que permanecía cerrada, como otra tarea más apuntada en las lista de las cosas pendientes.

“Cómo podría sorprenderos, si vosotros mismos habéis estado esperando esta carta…” Cada una de las decisiones que tomasteis en mi nombre bajo el pretexto de la conveniencia y la sensatez y que en verdad no me dejaban más salida que el simple juego del cruce de caminos en el que decidirse por cualquier dirección siempre es estar equivocado. Y aún así me forzásteis a decidir, entre torcer un poco más a la izquierda y convertirse en la sombra de la hija que deseábais… o torcer un poco más a la derecha y seguir el ritmo desorbitado de mis instintos incipientes… ¿realmente a eso se le puede llamar escoger? Cuando la distancia real entre ambos caminos, lejos de ser contraria, apenas tenían unos pocos grados de separación, casi perfectamente juntos en su inicio, y como todos los extremos, completamente extraños al final. “Cómo podría sorprenderos, si a veces parece, que vosotros mismos hubierais escrito las palabras de esta carta.”

“Sé que ahora mismo no resulta fácil. Es sólo un paso más. En cualquier momento os daréis cuenta que mi decisión también ha sido difícil y sobre todo, que es inevitable. Si os ocurre como a mí: yo me siento invadida por la desolación… Sé del miedo a la soledad, de la ira que despierta, del reproche instintivo que se experimenta ante los desagradecidos. Tendréis ganas de culparme. Yo os he culpado mucho tiempo. El mismo tiempo que tardé en darme cuenta, por favor tenéis que prestar atención a esto, ¿acaso puede estar equivocado un padre? Un padre normal, que luchó, que trabajó, que persiguió el futuro… O tú, madre, por ejemplo tú.. ¿Realmente es posible que estuvieras equivocada? Una madre normal. Leal, sólida, brillante. No puede ser. A poco que se piense, no tengo derecho a culparos.”

Aunque lo tuviera, se duerme mucho mejor a salvo de la ira. Aunque no duerma.

“Si os dejáis llevar por esta idea. Si de verdad necesitáis acusar a alguien… pensarlo, ¿acaso puede estar equivocada una hija? Una normal. Que intenta respirar la vida a bocanadas profundas, con la inexperiencia de un animal marino expulsado súbitamente a la playa por la marea.”

Cómo puede alguien protegerse de la inexperiencia; cómo se puede identificar el error a lo lejos, sin dudar de todo, sin tener miedo de todo… cómo puede vivir alguien así, sin sentirse un cobarde toda tu vida.

“Probablemente no sea la única. Eso lo entiendo. Me resulta difícil pensar que esto solo pueda en forma alguna hacerme especial; escapar de vosotros y defraudaros, no puede ser algo especial; y por más que le doy vueltas, si pienso en nosotros, a la luz de los resultados, si hay que culpar a alguien, es probable que simplemente sea otro atributo de nuestra mediocridad.”

Sin duda, no debo arrepentirme. No puede ser que en este azar de desatinos, en está equivocación de nosotros, sólo yo renuncié a confiar en sus sentidos. “Aunque os duela, tendréis que perdonar. Elegir es eso. Toda mi vida, tuve algo maravilloso creado por vosotros dos; no debe puede perderse en el futuro. Por eso, tenéis que estar preparados para cuando vuelva. Tenéis que saber que  esto no es perpetuo. Ahora parece eterno, pero dentro poco, apenas seis meses o un año, volveré. A lo grande. Como si tratase de un acontecimiento bíblico. Así de importante es.”

Tienen que perdonarlo.

Una y otra vez repite esas palabras absorta en el recuerdo de su propio mensaje. ¿Y si no lo entendieron? ¿Y si fue demasiado dura en un razonamiento, que más que un mensaje tranquilizador, rezumaba ansia de victoria? No se debe dudar que un día regresará y como si ese día fuera ya mismo es necesario empezar a afrontarlo. El resultado es indiferente. Eso jamás será rendirse. Tiene que ser consciente, tanto ganar como perder, eso no tiene nada que ver con volver a casa.

El sol se tumba hacia el ocaso, tibio y generoso como un patriarca. Por fín, se acerca el momento de descansar y esa idea les reconforta. Dormir, olvidar la responsabilidad. Han estado callados el tiempo suficiente como para notar que el silencio del otro también está repasando cada uno de los acontecimientos, de los decisiones tomadas, en busca del error grosero.

Se debe ser valiente, se pueden tomar decisiones difíciles o mentir arriesgadamente, sin embargo, debería estar absolutamente prohibido que nuestros actos no estuvieran guiados por un sentimiento puro o por nuestra pura razón, debería acarrear una condena eterna ser así de absurdo. De no obrar así, da lo mismo la habilidad propia o cuan fuerte se sea, ya se ha dicho, ellos no se cansan. Hay que saber que, incluso tus mismas acciones, tu propia voluntad, se volverá contra ti igual que un amigo traicionero y terminará por rodearte sembrando dudas y dragones. Incluso la mentalidad más lúcida debe comprender que jamás hay una solución definitiva para ese tipo de enigmas. Cuando todas las decisiones han sido tomadas y solo queda comprobar el éxito de los resultados, cuando te asalte esa debilidad inherente del hombre, de saberse mortal; no sigas adelante; dormir y olvidar y vencer la conciencia. Cerrar los ojos y lanzar la mente al vacío.

Encontraron aquel hotel perdido con las montañas al fondo tapando los últimos rayos cálidos de Sol. Cuando se bajaron del coche, estaban tan cansados que no hubieran podido dar un paso más sin derrumbarse.

A pesar de su cara de mentirosos y de sus mentiras evidentes, el recepcionista del hotel se limitó a aprovechar su oportunidad y cobrarles un precio exorbitado por la habitación mientras se dedicó a preguntarles datos innecesarios durante más de media hora, reconfortado al comprobar que el mundo seguía habitado por las mismas mezquindades de las que él probablemente también era partícipe. Esa noche, los cuerpos duermen rozándose apenas, extenuados por el cansancio de la lucha contra la duda y el arrepentimiento.

 

A la mañana siguiente se despertaron temprano.

A través de la ventana cruzaban los rayos de un Sol grisáceo y áspero como las mantas que los envolvían y que impedían permanecer mucho tiempo en la cama. Apenas habían recobrado la conciencia y para su sorpresa, la primera mirada que se cruzaron resultó ser un intercambio dulce de afecto, limpia de cualquier síntoma de reproche y aunque el silencio del día anterior todavía permanecía suspendido en el aire, desayunan bajos los síntomas de un placer desconocido para ellos. Cada nuevo acto que acometen, por primera vez significa profundizar en una relación bendecida exclusivamente por sus opiniones.

Ese día condujeron toda la mañana y al mediodía pararon a comer en una gasolinera. Vieron un grupo de familias mexicana descansando a la sombra de una camioneta con una rueda pinchada. Probablemente habían estado empujando varios kilómetros y ahora se encontraban exhaustos, con los rostros blancos de esfuerzo cubiertos con la sal del sudor evaporado. Lejos de sentirse castigados, una mujer rechoncha y alegre, repartía tortillas de una cesta entre los niños, varios hombres charlaban animadamente en español.

Uno de los empleados de la gasolinera los miró fijamente mientras repostaba un cliente. Esta acodado sobre un surtidor sujetando la manguera con el gesto arrugado por la desaprobación. En cuanto terminó de llenar el tanque de combustible fue a la tienda y al instante, el y otro hombre vestido de corbata, probablemente un encargado o el dueño de la gasolinera, fueron hasta donde estaba la familia y empezaron ha hablar. Movían los brazos con tanta vehemencia que parecían las aspas de un molino enloquecido. La cara de los mexicanos se tornó aún más lívida si cabe bajo la costra de esfuerzo. Se pusieron de pie desperezándose mientras hablaban en un español muy suave, un poco resignado, pero en el que no parecía encontrarse rastro alguno de preocupación. Simplemente, cada uno de los que conformaban aquel pequeño grupo de sisifos comenzó a trabajar en una actividad distinta, recoger a los niños, caragar los equipajes o intentar arreglar aquella camioneta cadáver que no tardaría en romperse más allá del próximo pueblo que encontrasen.

Aquella escena les quitó el apetito. Aún así, Cyrstal y Gaim entraron en el restaurante y se sentaron en la barra. Pidieron café y comida que apenas probaron, absortos e incapacitados para continuar pensando en ellos mismos.

En el puro mediodía, reanudaron su marcha hacia el oeste intercambiandose el volante, cruzando el desierto blanco, paralelos a las montañas. Pronto, la brisa de la tarde les permitió olvidar el pasado y de nuevo el sentimiento de la fuga volvió a formarse en sus mentes recobrando su sentido. Antes del anochecer, decidieron parar y concederse el primer respiro verdadero desde que habían comenzado su viaje. En el siguiente pueblo perdido que encontraron reservaron una habitación al doble del precio que hubiera pagado cualquier camionero, deshicieron el equipaje y se envalentonaron en busca del primer bar donde poder soltar al espíritu adolescente adormilado ya desde hacía demasiado tiempo.

Pidieron cerveza y se escondieron detrás de una mensa en la penumbra del fondo del local. Los ventanales se oscurecían con el atardecer. Aquel sitio, todo de madera, parecía una cabaña en el bosque, aunque era espacioso y confortable, el ambiente estaba saturado de silencio. Una televisión retransmitía noticias de la guerra. Dos jugaban al billar mientras bebían cerveza, había algunos hombres acodados en la barra, y otra vez, curiosamente, una pareja mexicana comían sentados en una mesa como cervatillos asustados recién llegados a la ciudad. A pesar de la incomodidad latente, emanaban cierto brillo alegre.

 

Entonces llegaron los cazadores.

Vestían camisas de franela a cuadros remangadas hasta los codos y llevaban gorras verdes de montería; uno de ellos, gordo y rubio, traía la cara muy roja quemada por el Sol, sujetando entre las manos una enorme cornamenta de ciervo que todavía tenía rastros de piel. La tiró encima de la barra haciendo todo el ruido posible. Pidieron cerveza y whisky y se notaba que ya estaban lo suficiente borrachos antes de llegar. Uno, el gordo, parecía que se llamaba Skinny, y había otro que se llamaba Roscoe, un vaquero desorientado que hablaba a gritos todo el rato. El tercero permanecía callado, concentrado casi hasta el delirio en mirar a los mexicanos y haciendo verdaderos esfuerzos para poder mantenerse recto sobre un planeta tierra que debía andar haciendo cabriolas bajo sus pies.

Vaya muchachos, se ve que tenéis una buena pieza ahí – dijo el camarero.

Tenías que haberlo visto. Demonio de bicho. Doce tiros… pam, pam, pam, pam… pero ya te puedes imaginar, el maldito Roscoe sería incapaz de acertarle a su propia picha con un martillo. Lo tuve que rematar yo con el hierro, – y para demostrar lo que decía sacó un grueso cuchillo sucio y oxidado.

¡Hey! ¿Por qué dices eso? Ahora me parece que eres tú el que está presumiendo¿Quién lo vió primero?¿Quién los marcó?, gritó Roscoe airado.

El camarero giró la cabeza en un gesto de desaprobación, ¿Y quién os va hacer el trabajo?

El viejo de la estación. Ese sabe mantener la boca callada. ¿Verdad? Dijo al aire girando el cuerpo, buscando la aprobación de un público ficticio. ¿Verdad? Volvió a repetir dándole una fuerte palmada en la espalda al tercer compañero que casi se cae al suelo a causa de la borrachera.

No importa. El viejo no hablará, siguió el gordo Skinny.

Bueno. Aún así, fuera de temporada, os habéis arriesgado mucho.

Ya está hecho. ¿Qué razones voy a darte yo ahora? Sirve otra vez y dejanos disfrutar. !Doce disparos! Demonio de animal. Esto hay que celebrarlo. Invita a una ronda a todos de mi parte. Y volvió a brindar hacia aquel público inexistente agitando todo su cuerpo gigante y sonrosado. ¡Están todos invitados!

Está bien, está bien. Mantener la calma muchachos.

El enjuto Roscoe y el chiquitín borracho agarraron el par de botellas y fueron por las mesas sirviendo whisky y obligando a la gente a aplaudir y a brindar por su captura. Ebrios y desagradables, apestando a un día húmedo de bosque mohoso, se balanceaban irrespetuosamente sobre los clientes asustados, salpicando de whisky y abrazando a las a las mujeres. Cuando les tocó el turno a Crystal y Gaim la escena fue la misma. El hedor del vaquero irrumpiendo entre los dos, sin perder un solo instante la referencia de los pechos de Crystal, intenta llenar el vaso de whisky.

Vamos muñeca, esto te va a encantar, dice mientras llena medio vaso de whisky dentro, medio vaso de whisky fuera. En ese instante, Gaim le retiene el brazo agarrándole por la muñeca, y en una lucha que más bien parece un pulso sostenido, lo obliga a moverlo poco a poco vertiendo el whisky transparente sobre la mesa, recorriendo todo el camino hasta su propio vaso.

Creo que se le está olvidando del mío, le dice mientras le obliga a rellenarlo. Yo también he venido a celebrar amigo. No se si me entiende.

El cazador abre los ojos sorprendido al descubrir que no puede controlar sus movimientos. Bueno, primero es sorpresa, luego miedo. La ira está a punto de reaccionar en él cuando otro disparate les interrumpe.

Fue todo tan rápido. De súbito, estallaron los gritos al otro lado de la sala y todas las miradas se volvieron en aquella dirección para averiguar que pasaba. El gordo y rosado Skinny está rodeando a la familia mexicana; el tercero, con los ojos entrecerrados por la borrachera, está literalmente desparramandose por la mesa en busca de la mujer mexicana. El marido habla en español muy nervioso, muy alto; intenta explicar que ellos no saben nada, que están muy cansados después del viaje, que no quieren molestar.

Eh! Roscoe, eh! Parece que no les caemos bien a estas personas.

¿Por qué dices eso? Contesta irónico el vaquero y de una sacudida se deshace de la mano de Gaim.

Creo que no se alegran por nosotros.

Por fín ha pasado. El vaquero se olvida por un momento de Crystal y de Gaim y se dirige hacia sus compañeros y la familia mexicana, raspando el suelo con las botas disfrutando de cada paso como si ya estuviera allí.

Igual es que no conocen nuestras costumbres. Has probado a invitarles a una copa.

Pues no sabría qué contestarte la verdad. Diría que no quieren.

El pequeño borracho encima de la mesa intenta acercarse todavía más hasta la mujer mexicana, ya esta a punto de meterse en su escote cuando la mesa se vence y termina cayéndose al suelo de cabeza. Suenan carcajadas; la mujer pega un respingo y retrocede hacia atrás tirando la silla al suelo y abrazándose instintivamente a su marido.

Quizás sean tímidos, sirveles un vaso, ya verás como se animan.

Por favor, nosotros no queremos molestar, explica la mujer en español. Mi marido no bebe. No sabe beber. Por favor, no les molestaremos. Nosotros ya nos marchamos, no tienen por qué preocuparse…

Ey! Ey! Señora, calma por favor, contesta el vaquero. Además no entiendo un carajo de lo que nos está gritando. Adelante Skinny, no seas maleducado y sirveles un vaso. Queremos que esta gente disfrute.

El vaquero coge el vaso casi lleno y obliga al asustado muchacho a asirlo. Luego le indica con gestos como se ha de beber, llevándose el pulgar a la boca e inclinando la cabeza hacia atrás.

El méxicano titubea, intenta dejar el vaso en la mesa de nuevo y dar una explicación, pero el vaquero le interrumpe tapándole la cara con las manos.

Amigo, parece que no lo entiendes, dice, en este juego se trata de beber. – Y le tapa los orificios de la nariz con los dedos forzando al muchacho a boquear para seguir respirando. Entonces coge el vaso de whisky y lo vuelca en su garganta. Inmediatamente un geiser de whisky y espuma brota de la boca del mexicano, esparciendo el líquido increibleme aumentado y multiplicado por mil, vigorosísimo, que parece incluso rebotar en las paredes, manchando la mesa, manchando el suelo, manchando a los vaqueros, para terminar cayendo al suelo en una profusión de estornudos y quejidos húmedos.

La humillación de las carcajadas vuelven a invadir el espacio.

No amigo, así no. Desde luego te hace falta bastante más práctica. ¡Dios mio como has puesto todo esto! Señora, ¿usted qué cree? ¿Con cuántos de estos se puede aprender? Skinny sirve otro vaso y ayúdame a levantar a nuestro nuevo amigo. Creo que es lo mínimo que podemos hacer por él.

Cogen otra vez los vasos y las botellas y obligan al pobre mexicano a sentarse en la silla y la mujer que está empezando a chillar se ve rodeada por los brazos del borracho, reteniendola, que se acerca tanto a su cara para insinuarle lo deliciosa que está, pasándose la lengua por los labios, que ella ya no sabe ni resistirse del miedo que tiene y permanece inmóvil y callada como una liebre en la oscuridad a punto de ser atropellada, con los ojos saltando picudos y las pupilas abiertas.

Muchachos, creo que ya es suficiente, se oye la voz del barman desde el otro lado de la barra.

Oh venga, solo estamos divirtiendonos un rato, contestan unísono los dos cazadores sin dignarse siquiera a girar la cabeza para mirarle. No seas cruel por favor. Solo una vez más. Y empieza a servir lento otro vaso de whisky ante la mirada aterrorizada del mexicano.

Es un hecho y además es cierto, que de la indignación profunda surgen formas desconocidas de valor. El miedo del hombre transformado en un sentimiento puro de rebeldía frente a la injusticia. En este caso, nadie vio de donde surgió la mano que sujetó el brazo del vaquero pero apretó tan fuerte que todos pudieron contemplar como se le escurría la botella entre los dedos.

El vaquero se giró airado. Enfrente, Gaim Szlachetny se mantenía insolente como una estatua de David.

Señor, creo que es bastante por el momento. Me parece que está molestando.

El vaquero recupera la compostura lentamente mientras se frota la muñeca dolorida con la otra mano. Una leve sonrisa aparece en su casa según se hace la idea de la tremenda paliza que le va a propinar a ese chiquillo.

Mira muchacho, ya es la segunda vez que te veo hoy y no lo entiendo. ¿Por qué tengo que aguantar a semejante basura en mi propia ciudad?

Y Gaim Szlachetny podía ser muchas cosas, pero no iba a soportar que nadie le volviese a llamar basura el resto de su vida y quizás el vaquero no quería agredirlo realmente y en verdad levantó aquel brazo con la intención de saludar a algún conocido al fondo del bar pero fue lo último que hizo. Gaim esquivo aquel movimiento con la facilidad de un actor de cine y l con el antebrazo derecho le golpeó en el pecho, levantándole literalmente del suelo, lanzándolo sobre una silla que se quebró bajo su peso.

A partir de ese instante, ya no se sabe qué pasó. Todo fue tan rápido que nadie tuvo tiempo de intervenir. La mente y el cuerpo de Crystal Higgins quedaron paralizados de súbito y ya no logro intervenir durante toda la pelea. Nadie de los que le preguntaron después sobre lo ocurrido consiguió otra cosa que un puñado de explicaciones difusas e inconexas.

Se pudo ver como el vaquero se levantó y corrió topando como ganado, hasta a empotrar a Gaim contra la pared, y como Gaim de un codazo en la espalda, lo volvió a tirar al suelo. Crystal gritaba, la mexicana gritaba, los hombres animaban a su compañero. El vaquero lanzó un zarpazo al azar que consiguió alcanzar Gaim en una pierna derribandolo al suelo. Ambos rodaron por el suelo enganchados como gatos pegándose y estirándose, hasta que, esta vez sí, Gaim consiguió encajar un golpe realmente humillante en la mandíbula de su adversario. El vaquero salió despedido a plomo. Cuando se levantó al borde de la inconsciencia, la sangre le caía en cascada por la boca y la nariz.

Entonces Crystal lo vió claramente. Los ojos drogados por la ira. El brillo del demonio recorriendo el brazo de aquel hombre hasta su mano agarrando el mango del cuchillo fuera de la funda, brillante como las carpas de los estanques. El mismo demonio de las historias donde al final los chicos buenos mueren y las chicas buenas también mueren como ellos.

Por favor que se rindan.

Enrabietado, el vaquero lanza un torpe ataque usando el cuchillo como estilete. De una patada certera en la muñeca, Gaim consigue arrancarlo de su mano haciéndolo volar a varios de metros de distancia. Se pegan otra vez cuerpo a cuerpo, se golpean y se separan a empujones. El cuchillo está tendido sobre el suelo girando sobre sí mismo, completamente ajeno a las voluntades humanas. Los contrincantes quedan frente a frente, jadeando. En la extenuación del combate, cruzan una mirada de entendimiento. Ambos lo saben, ya no hay más salida que saltar o morir. Podría haber decidido cualquier otra cosa, pero los dos terminan abalanzándose furiosos sobre el hierro. No se ve nada, otra vez giran de espaldas sobre el suelo del bar, patadas, manotazos y estirones.

Por favor que no pase.

Ya no se sabe quién gana o quién pierde. Hay un último forcejeo sordo y duro, se oye un estertor final y ambos cuerpos cuerpos se detienen uno encima del otro.  

Gaim continua tendido bocarriba con los ojos cerrados debajo de su contrincante. El vaquero apoya las palmas de las manos sobre el suelo y empieza a levantarse. Primero se sienta sobre las rodillas e incorpora una pierna. Luego se apoya sobre su propio muslo y termina de ponerse de pie. Da un paso atrás, otro paso atrás, flota un instante zozobrando en el aire; finalmente cae de espaldas provocando un estrépito pesado y torpe como un evento geológico; se le puede ver en el suelo, los brazos abiertos en cruz y el cuchillo tranquilo floreciendo en el pecho igual que una hermosa mata de lirios dorados.

El sueño termina justo ahí.

La gente del pueblo empezó a entrar en el bar alertada por el alboroto. La policía no tardó en llegar. Lo primero que hicieron fue separar a los chicos para que nunca jamás volvieran a encontrarse. Los mexicanos por suerte tuvieron tiempos de huir pero a Gaim lo metieron a golpes al coche patrulla. ¿Quién podía dudar de lo que había pasado? Era casi tan fácil comprobar los antecedentes como que las rencillas atrasadas volvieran a aparecer. Una chica de otro estado había huido de su casa, unos padres estaban desesperados. Había un ciudadano muerto y un joven con antecedentes violentos. No fue difícil para el juez determinar el hilo conductor de los acontecimientos. Otra vez, demasiado fácil saber quién era el culpable. Lejos de encontrar a alguien que les defendiera, la mayoría de la gente estaba bastante más interesada en apartar al uno del otro intentando hacerles abandonar el camino de sus decisiones como si se tratara de la restauración del mismísimo antiguo régimen. Y si para conseguir algo, había que considerar la opción de encarcelar veinte años en la cárcel, existen sociedades con bastantes menos escrúpulos.

A Crystal Higgins se la llevaron a rastras de vuelta a Orem. No dejó de llorar durante todo el camino. Para consolarla le prometieron que nadie le iba reprochar lo que nunca había pasado. Lo único que importaba era olvidar aquellos sucesos como si fueran hechos extraños de los que nunca hubieran participado. Y si al principio, todo fue comprensión y la buena voluntad para que pudiera volver a adaptarse a niña que una vez fue, cuando consiguió terminar con su paciencia, empezaron los castigos y los insultos de verdad, incluso amenazaron con meterla interna en una institución mental si no cejaba en aquella actitud claramente anti-natura. Daba lo mismo . Ella nunca lo haría. Aún así, por muy fuerte que fuera, los años también pasan para ella. Las imágenes de esperanza en las que antes podía refugiarse fácilmente, el calor de los abrazos, las conversaciones sobre los sueños, la determinación, ahora todo parecía desaparecer cubierto por la ceniza como sueños sin importancia, que desaparecieran con las primeras luces del día. ¿Y si realmente no hubiera pasado nada? ¿Y si jamás existió la tristeza del pasado? Daba igual.

Jamás llegó a hacerlo.

Ella ya había vivido eso. Era igual al principio, cuando emprendieron su descabellada huida. Simplemente las dudas volvían a crecer en su interior, curiosamente esta vez, en el sentido contrario. Antes no supo distinguir si hacían bien en marcharse, ahora no podía soportar la incertidumbre de no saber, si permanecer allí constituía algún tipo de traición. Por supuesto, no volvió volvió a estudiar. Decidió aguantar en casa de sus padres lo que hiciera falta para demostrar que no estaba loca. Aún así, podía levantarse con ellos, comer su comida, podía incluso renegar de sus recuerdos, pero se prometió a sí misma que si no lograba comprenderlo por lo menos no aceptaría participar en el juego, no aceptaría vivir. Si fuera necesario, hasta recuperar su libertad, sería el fantasma de una hija vagando por los pasillos.

Pobre ceniza de cuento de hadas. No había allí nadie para ayudarle. Ella permanecía encerrada en su peculiar presidio familiar, no le permitían recibir correspondencia y por supuesto tampoco podía visitar a Gaim. Algunas veces, conseguía escaparse hasta un teléfono público e intentaba llamarlo. Si tenía éxito, lo que raras veces ocurría, era tocar el cielo. Tan fuerte parecía su compañero, tan seguro en la adversidad, ¿cómo podía ella permitirse la derrota? Pero pasaban los meses y pasaban los años, poco a poco, parecía como si al fin el tiempo hubiese conseguido detener una enfermedad crónica, latente , que ya sólo se manifestaba las noches de luna.

Una día cualquiera, semanas después de su cumpleaños, el correo trajo una caja de cartón arrugada y rota por lo que debía haber sido un largo viaje lleno de golpes. El remitente no indicaba su procedencia. Crystal lo sostuvo entre sus brazos y lo observó igual que si tratase de un niño huérfano abandonado. Dentro encontró otro paquete plano envuelto en papel de estraza. Contenía un vinilo de 45 revoluciones. No tenía etiqueta. No había ni una carta, ni una sola pista que explicase el origen de aquel pequeño disco negro. Intentó no perder la compostura pero no había forma de contener los golpes de su corazón desbocado. A duras penas consiguió explicarle a sus padres que lo había comprado por catálogo y antes que nadie pudiera preguntarle cualquier otra cosa, corrió a esconderse en el cuarto y lo guradó entre la. Maldito Gaim Szlachetny . Cómo se las habría arreglado para conseguir enviarle aquel mensaje.

Esperó todo el día cuajada de nervios temiendo ser descubierta. Cuando llegó la noche cogió el tocadiscos y se fue a hurtadillas al garaje. Sabía lo que iba a pasar. Fuera el viento soplaba angustiado luchando con todas las cosas. Conectó el aparato con el mismo respeto y la misma lentitud que hubiera dedicado a la construcción altar pagano. Al principio, no había nada, solo la aguja deslizándose sobre el disco, rascando el vacío. Luego vino la música. Una guitarra acústica rasgando un ritmo suave. No quería seguir escuchando. No pudo evitarlo. La música vuelve a golpearla con toda la fuerza del pasado. Otra guitarra empieza un punteo grave y melancólico, y entonces pasa. Vuelve a escuchar su voz. La misma voz que tiene dentro y hace tiempo que le ahoga. Es Gaim cantando.

 

      Aunque ahora tengas que seguir viviendo

      Y deseo con todas mis fuerzas que eso lo hayas aprendido

      El mundo es tan grande ahora

      Por favor eso tampoco lo olvides

     Cuando viajes al norte desconocido

      y vuelvas a los campos de heno teñidos de verde

      Hay tantos sitios que ya no veré

      Cuando vayas,

      por favor recuerda saludar a todo el mundo de mi parte

     

      Así era antes

      Ella por mí

      El pelo cayéndole curvado sobre los hombros

      y sus manos volando inquietas como pájaros

      Así es como lo recuerdo

      Ella por mí era que existían todas las cosas

     

      Cuando vuelvas al este

      Nuestra ciudad de las tormentas

      Y quizás vengas a verme

      Cuando la vida pese y tengas que vencer todas las dificultades tú sola

      Por favor sigue adelante

      Por favor recuérdame como era

      Saltando entre los árboles y nadando como un campeón olímpico

      Bebiendo gasolina

      y bailando con la chica más guapa

     

      Ella por mí es que existía el tiempo

      Su cuerpo creciendo en la noche

      Como el misterio de la vida

      Estuvimos tan seguros de que amarse era eso,

      Que disimuló la felicidad por pura vergüenza

     

      Cuando vayas al sur salvaje

      Cruzando los límites que nunca tuvimos

      Valiente como eres

      Aquí yo ya no soy capaz

      Por favor recuérdalo tú

      Que una vez fue así,

      una mente pura de amar

 

 

Crystal Higgins estaba arrodillada frente al altavoz. Llorando. Volvió a repetir la canción. Después de eso volvió a repetirla otras cien veces más y definitivamente, ya nunca pudo hacerlo.

Olvidarle.

Y vivió el resto de aquellos veinte años a la sombra de una vida.”

 

 

**********************************************************************************************************

La historia termina ahí. Las palabras de Raúl se deshacen igual que un arpegio de guitarra al final de la canción. El silencio se hace en el chevrolet. Irene y yo durante unos pocos segundos más, permanecemos intensamente atentos, expectantes ante la posibilidad de que exista una continuación que el altere el desdichado destino de los protagonistas. Cuando nos damos cuenta de nuestra atención exagerada, torcemos la mirada un poco molestos por nuestra tristeza.

Y claro, ¿esta vez es verdad? Pregunto yo, sospechoso.

¿A qué te refieres?, contesta Raúl.

Quiero decir, ¿no es cómo aquella vez de los dinosaurios?

¡No coño! Es de lo que habla la canción. Pero no es como lo de los dinosaurios, dice Raúl con semblante sereno.

¿Ni cómo aquella vez que sabías quién era Spiderman?

Ni como la verdadera identidad de Spiderman, vuelve a asegurar. Aunque sigo pensando que tenía razón

¿Y tú cómo lo sabes?

¿Lo de Spiderman?

No lo de la canción.

Bueno… si te soy sincero, pusieron el video en la televisión

¡Serás maldito!

Y sólo en ese instante descubrimos que el muy bastardo había vuelto a jugarnosla con otra maña de las suyas.

De repente se hace el silencio y ya permacemos callados, enganchados de nuestros propios recuerdos, hasta que la silueta del aeropuerto aparece en el horizonte. Los aviones en el cielo, se cruzan y se hacen gestos de indiferencia levantando la barbilla como perros que desprecian a los dueños de otros perros.

.

a todos los recien de llegados y a los que ya estaban

esto va a ser divertido

Comments

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6 comentarios

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  1. javierito

    esto quiere decir que varias decadas empece a leer la entrada y varias decadas despues aun no lo he acabado….

  2. Antiloo

    Tarda mas el fabiets en hacer destructores !!! je

  3. E.T

    Qué bueno es ese Raul contando historias…jejejej
    Enhorabuena Pablé un gran historia sobre una gran canción, qué tendrá este Dustland fairytale que a todos nos vuelve locos!

  4. AtA

    Pues si te he salido un buen libro, con sus guiños y todo jaja. Toda la esencia de Dustland fairytale, y un gran final con los putos cazadores. Tal vez me falta el reencuentro que puede transformar el fondo, tal y como esta son unos desgraciaitos pero con el reencuentro quien sabe, ¿final feliz de cuento de hadas?

    Pues eso muy bueno a la altura de la mejor canción de los Killers y por cierto Yo también se quien es Spider-Man.

    A ver si te cuentas la historia de ese tal Raul de los dinosaurios

  5. Audone

    Una buena historia.

    Me ha costado leerla unos días. Porque era en plan… que no se acaba, pero que pasa con esta pareja, puff aún queda mucho para el final, tengo que parar que me estreso…

    Pero como ya he dicho una buena historia.
    Saludos

    1. Antiloo

      gracias majo!!! 😉 claroo joderr incluso hay gente que escribe libros jeje

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